El tiro

Silencio. Esa era la única palabra que le venía a la mente en aquel extraño momento. Un silencio intenso, penetrante, que hacía que sus oídos pitaran ante la ausencia de cualquier mínimo ruido. Trató de agudizar sus sentidos, esperando escuchar el canto de un pájaro lejano; el zumbido de una mosca acercándose a los cadáveres que, sabía, se agolpaban a su alrededor; o las voces de los hombres que, unos minutos antes, habían disparado sobre sus compañeros. Pero solo había silencio.

Intentó zafarse de las cuerdas que le aprisionaban, amarrando sus manos al poste en el que debía esperar la muerte, pero no lo lograba. Deseaba destapar sus ojos, arrancar la venda que lo dejaba ciego ante lo sucedido. “¿Sería esto la muerte?”, pensó tratando de encontrar sentido a lo que había ocurrido. Solo un segundo antes el estruendo de los tiros había sonado en su cabeza, retumbando mientras el golpe de los cuerpos contra el suelo se colaban sobre los atronadores disparos. Solo un segundo antes, estaba esperando a morir.

Pero no creía que hubiese muerto. Pese al silencio, sentía el dolor en las muñecas y, de pronto, comenzó a picarle la nariz y, un segundo después, la luz comenzó a atravesar sus parpados cerrados. Esos que cerró con más fuerza tratando de evitar el daño que le provocaba el sol una vez caída la venda que lo aislaba del mundo. Y no pudo creer lo que sus ojos veían.

Era el 5 de marzo de vete a saber qué año. Él era Horacio Miralles de Taborda, comandante en jefe de las milicias de San Benito, uno de los pocos grupos que continuaban su lucha contra la opresión y la dictadura del que otrora fuese presidente electo. Miró a su alrededor y vio que sus hombres seguían con vida, tan asombrados como él ante lo que estaba ocurriendo.

–La lucha no ha terminado, comandante. –La joven, de ojos resueltos, tirabuzones negros y una larga cicatriz que cortaba su rostro en dos, trató de esbozar una sonrisa que torno su rostro en terrorífico–. Por la libertad, ahora y siempre.

–¡Por la libertad!

El grito fue respondido por un grupo de jóvenes, alguno aun sin haber alcanzado los quince, que se agolpaban entre los hombres, desatando los lazos que aun les unían a la muerte. Creía saber quiénes era, pero no lograba comprender como aquellos mozalbetes, que habían sido apartados de sus padres, estaban ahora frente a él. Había escuchado historias sobre ellos: niños soldados que se habían enfrentado al ejercito y habían logrado vencer. Había quienes aseguraban que los militares se habían sublevado, negándose a disparar a críos, pero que estos no habían tenido piedad en acabar con los adultos.

Ahora estaban allí, frente a ellos. Y, lo peor de todo, les debía la vida. Volvió a observar a la chica, tratando de averiguar la edad para concluir que tenía entre 10 y 14 años. Aun no estaba desarrollada, pero jóvenes mucho mayores le obedecían con lealtad y sumisión. Le hubiera gustado decirle que se fueran a casa, que buscaran a sus padres, que no tenían que tener un arma en las manos, pero solo logró articular una palabra:

–Gracias.

La chica se revolvió el pelo con las manos, lanzó una risotada y le guiñó un ojo antes de darse la vuelta y adentrarse en el bosquecillo que tenían a su espalda. El comandante dudo un segundo, solo un segundo, menos de lo que hubiera tardado el tiro de gracia en acabar con su vida. Miró a sus hombres, tan asombrados como él, y se adentró en el bosque siguiendo a los niños.

Publicado por Javi Fornell

Historiador y novelista. Amante de las letras y de los libros. Bibliotecario por vocación. Redactor en Toppercan

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