De perros y fronteras

Con el tiempo, uno se vuelve perro viejo y se da cuenta de que no todo lo que se mueve en su entorno es trigo limpio. Durante años, miré hacia otro lado; trataba de ver el lado bueno de las cosas y personas y eso me ha llevado a recibir muchos palos.

Pero, por otro lado, me doy cuenta de que la única forma de huir de esos golpes vitales es cambiar mi forma de ser y de pensar. Y eso no quiero hacerlo. No quiero tener que mirar a toda persona que se acerque con recelo. No puedo cerrarme a los demás ya que eso me haría perderme demasiadas cosas buenas en la vida.

Al final, hay que priorizar. Poner en una balanza lo bueno y lo malo, decidir que camino tomar. El mío lo tengo claro. Y hace ya tiempo que primero escucho y observo y luego tomo decisiones. Aun así, hasta de esas personas tóxicas que han pasado por mi lado, siempre aprendo y me enriquezco como persona.

Las fronteras, los muros físico o mentales, solo nos encierran en nosotros mismo. El miedo a que nos hagan daño, solo nos aísla y nos impide descubrir lo bueno que se esconde fuera de nuestros muros. Por eso, como perro viejo que ya soy, siempre tengo puertas abiertas en mis murallas.

Publicado por Javi Fornell

Historiador y novelista. Amante de las letras y de los libros. Bibliotecario por vocación. Redactor en Toppercan

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