El asesino

El nacimiento

Los gritos rompían el silencio de la habitación. Miguel se escondía dentro del armario, entre las mantas, soñando con mitigar los gritos de su hermana. Desde que la madre había muerto la casa no había sido la misma. Su padre comenzó a beber y, al poco, posó los ojos sobre su hermana. ¡Pobre y dulce criatura! Ángela sufría por parecerse a su madre. Aún no había cumplido 15 años y ya conocía el sabor del dolor, del miedo, del sudor, de la herida infinita. El infierno había venido a buscarla y él no podía hacer nada.

No pudo hasta aquel día, el día de su nacimiento.

Los gritos aumentaron en la habitación de al lado mientras la puerta del armario se abría lentamente; allí se escondía él como le había ordenado ella. Lejos de la mirada funesta de su padre; lejos de la acciones que ocurrían un par de tabiques más allá. Pero aquel día todo cambió. Miguel salió del armario y caminó despacio por la habitación y el pasillo. Cogió el martillo al pasar junto a la caja de herramientas, sin saber las razones que le llevaron a ello; sabiendo que era la única opción que tenía en ese momento.

Entró en la habitación en la que su padre estaba babeando sobre su hermana. Los pantalones bajados; una mano recorriendo el incipiente cuerpo de mujer de su hermana. Ella lloraba, desconsolada, entre sollozos acallados por la mano con la que su padre le cerraba la boca. Solo recuerda los ojos. Los de ella, suplicantes y vacíos, mostraron sorpresa y agradecimiento; los de él, desencajados por el alcohol y la locura, mostraron miedo. El martillo golpeó la lampara del techo, que se movió como un botafumeiro creando sombras espectrales en unas paredes que se tiñeron de rojo sangre.

Lo dejó allí, en el suelo, junto a la cama que era la tortura de su hermana. La cogió de las manos, con ternura y con una firmeza impropia de un niño de 12 años, y la arrastró fuera de allí, hasta el baño. La introdujo en la ducha y dejó que el agua salvífica recorriera su cuerpo. Miguel se miró al espejo y allí se vio por primera vez. El rostro enmarcado por la sangre y el cerebro de su padre muerto, limpiado por las lágrimas de su hermana. Ese es el último recuerdo nítido que tiene de ella. Luego, solo queda el miedo y la huida, e imágenes borrosas. Se fueron, temiendo acabar encerrados y separados; abandonaron la casa y marcharon lejos de su ciudad.

Pero la vida les separó en el primer recodo. La buscó, por supuesto; la sigue buscando. Pero como él, también ella ahora es otra y aunque consiguió dar con su cuerpo, su alma, sus ojos, su hermana hace mucho que murió. Quizá el primer día que su padre babeó sobre su cuerpo. Tal vez, en el mismo momento en el que se dio cuenta de que su salvador, su pequeño y tierno hermano, escondía un instinto mortal, cruel, como hijo de su padre que era, que le conducía al abismo y que había sido ella el detonante de su cambio de vida.

* * *

Miró al joven asustado que, atado en una silla, imploraba piedad. No tendría mucha más edad de la que tenía su hermana el día que se separaron. Aquella fue la primera vez que mató. La primera vez que alzó un arma contra alguien. Mató a su padre y él murió junto a él. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde entonces. ¿Quince? ¿Veinte años? Poco importaba. Ahora era otro. Disparó dos veces. A la frente. El primer disparo ya lo habría matado; el segundo, fue por rutina. Salió de la casa deteniéndose en el jardín a cortar una rosa blanca. La olfateó feliz antes de coger el teléfono.

—Esto está hecho. Quiero el resto en mi cuenta en 10 minutos.

Encendió el móvil y se conectó a una cuenta anónima en las Barbados. Dos minutos después se confirmaba la transacción 50 dólares por matar al crío. Le resultó divertido aceptar el dinero de la novia. Normalmente su cache era mucho más alto, pero ese día, simplemente, necesitaba una excusa para entretente. No solía hacerlo, era un profesional, pero no sería la primera ni la última vez que matase por placer o que tuviera que matar a un niño. Eran gajes del oficio y había que estar preparado para hacerlo. Que mejor, que divirtiéndose un rato. Se atusó el pelo, mirando al entorno por si alguien lo hubiera visto, aunque tampoco le importaba demasiado o no hubiera llegado hasta allí en el llamativo Corvette negro traído de Estados Unidos.

Salió disparado de la calle camino de casa, si a aquel lugar podía llamarle casa. El pequeño apartamento estaba situado en la planta 13 de un edificio viejo. En el centro de la ciudad. Desde la minúscula terraza en la que solía tomar el café podía ver el río que atravesaba la pequeña población de lado a lado, nunca le importó su nombre, como nunca le importó en que ex republica soviética se encontraba. Había trabajo, y eso le valía. Además, desde allí, llegaba rápidamente a otras zonas del mundo, por eso había elegido el pequeño pueblo como su hogar. Y sí, podría haberse comprado un piso más grande o haberse ido a vivir a cualquiera de las propiedades que poseía en las afueras, pero aquel pequeño piso le recordaba a su cuarto de la infancia. Cuando aún se llamaba Miguel y vivía tranquilo con su madre.

Desde entonces las cosas habían cambiado. Había salvado a su hermana a base de martillazos, pero había muerto en cada golpe. Ahora era otro. Le conocían como Uphir y su nombre era respetado en el gremio. Todos le temían menos la joven Alice, hija de su jefe. Ella parecía diferente y él, a su lado, se sentía humano. Le recordaba a Ángela y con ella mostraba un rostro que nadie conocía.

Se miró al espejo del baño. Peinó su pelo, rubio y liso. Arregló el nudo de la corbata negra que siempre llevaba y observó que la camisa tenía una mancha roja bajo la asila. Una gota de sangre no borrada de alguno de sus anteriores clientes.

Publicado por Javi Fornell

Historiador y novelista. Amante de las letras y de los libros. Bibliotecario por vocación. Redactor en Toppercan

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