Malena no es nombre de Tango

Recupero este relato, que estaba deslavazado por decenas de post en mi viejo blog. Una novela corta, muy corta, en la que jugaba con el terror en una suerte de diario de un mes de Malena.

TELEOPERADORA

Cada mañana seguía la misma rutina. Levantarse, lavarse la cara, vestirse, desayunar e irse a la oficina. Así llevaba ya tres años. Acudiendo cada día a su monótono trabajo de teleoperadora del Ocaso. Arrepintiéndose a cada paso dado hasta la parada de autobús por haber dejado los estudios en 2º de BUP. Saludando a las mismas personas que, con rostro apesadumbrado, esperaban en la parada de la línea 15. Y sabiendo que, en el fondo, tenía suerte de haber encontrado aquel trabajo de mierda que la mantenía sentada frente a un ordenador desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Escuchando insultos y sintiendo los malos gestos que, sin duda, provocaban sus llamadas. De vez en cuando tenía una buena contestación. Pero había llegado a la conclusión de que eran mujeres mayores que, normalmente, se sentían solas y a las que su voz a través del teléfono les servía de alivio en su soledad.

Pero aquel día, con una sola llamada. Toda su vida se transformó. La realizó a las 12’33. Y después de tres timbres descolgaron el teléfono.

—Buenos días, ¿señor Gransson? soy la señorita Malena, le llamaba de Seguros Ocaso, por si estaba interesado en un seguro de vida.

—¿Malena? ¿cómo el tango?

—Eh… sí, supongo.

—Me gustaban los tangos.

—Ya, pero yo le llamaba por si quería un seguro de vida. Nunca se sabe lo que puede pasar en esta vida. Menos la fecha en la que vamos a morir.

—No

—Bueno, pero deje que le dé las condiciones, tal vez le interese —dijo mientras jugaba con el bolígrafo en el borde de la taza de café.

—No creo que me interese. Pero le decía, Malena, que no es cierta esa suposición.

—No le entiendo.

—Claro que se puede saber qué día, y hasta a qué hora, puede llegarnos la muerte.

—Pues más a mi favor, señor Gransson, para hacerse un seguro de vida. No querrá dejar a sus hijos mal situados.

—Mis hijos ya están enterrados.

—¡Oh!, perdone, yo no…

—No se preocupe. Los enterré yo mismo. Y lo mismo pienso hacer con usted… Malena.

Morirá dentro de un mes. A esta misma hora.

Colgó. Eran las 12,36 del 14 de junio

15 de junio

El despertador sonó como cada mañana. A las 6.30. No sabía porque lo ponía. Lo hacía de forma mecánica cada noche. Pero antes de que sonase ya estaba dispuesta a apagarlo. Siempre se despertaba cinco minutos antes y se quedaba tendida en la cama, sintiendo el tacto de las sábanas sobre su piel. Ese era uno de los momentos que más le gustaban del día. Cuando Roberto estaba con ella, se volvía hacía él y lo abrazaba. Cuando estaba sola, simplemente miraba el techo mientras comenzaba a despertarse. Sonó el teléfono. «I’m Glad” de Jennifer López. Se sobresaltó al escuchar la melodía del móvil. Estiró el brazo hasta alcanzar el Nokia 7373. La pantalla marcaba número oculto. Lo cogió.

—Sí.

—¿Desea un seguro de vida?

—¡Vaya!, Hoy os ha dado por gastar bromitas desde temprano.

— ….

—Joder, son ganas de fastidiar. Estaba terminando de levantarme y me voy para el curro.

—…

—¿oye?

—….

Habían colgado. Lanzó el teléfono sobre la cama, mientras se dirigía al baño para arreglarse. Volvió a sonar. Lo dejó. Cuando terminó de desayunar miró la pantalla. “Número oculto”. No era la primera vez que las chicas de la oficina le gastaban una broma parecida. Sonrió camino de la parada de autobús. Saludo a la Marga, una joven chilena que trabajaba en una inmobiliaria. Solían sentarse juntas. Al principio por casualidad. Ahora habían logrado algo parecido a una amistad. Le comentó la broma de la mañana y, casi sin querer, hablo del señor Gransson y su extraña reacción.

—¿Y hoy recibes esa broma? Tus compañeras son un poco macabras.— dijo Marga. Su mirada mostró miedo por un segundo.

—¡No! Es normal que la gente reaccione de forma rara ante nuestras llamadas. Hace un año me dijeron que estaban velando al posible cliente. ¡Hasta se echó a llorar por teléfono!

—Tal vez fuese verdad…

—No, mujer, como va a ser verdad. ¿Quién cogería el teléfono en el velatorio de su padre?

—No claro, pese a todo…. ten cuidado, vale.

Malena la miró riéndose mientras se levantaba para bajarse. Se quedó pensando en lo que le había dicho. En los dos años que llevaban sentándose juntas había descubierto que Marga era muy supersticiosa, pero era la primera vez que le pedía que se cuidase. Al llegar a su puesto pensó en la mirada de miedo que había puesto al escuchar hablar de Gransson, como si reconociera aquel nombre. Un post amarillo destacaba sobre la pantalla plana del ordenador.

“Ha llamado un tal señor Gransson, ha preguntado por la señorita Malena, la del nombre de tango, sólo quería hablar contigo. Dice que sabes quién es ¿te ha salido un admirador?”

Malena cogió el papel entre sus dedos, antes de sentarse y encender el ordenador. Comenzó a llamar a los posibles clientes. No llamó a Gransson.

16 de junio

Habían vuelto a llamar aquella mañana, pero Malena lo había dejado sonar sin cogerlo. No tenía ganas de más bromas de las compañeras. Y se alegraba de haberlo hecho. Desde que llegó al trabajo aquella mañana los murmullos habían ido creciendo. Se sentía incomoda, notaba las miradas clavándose en su nuca. Realizaba una llamada tras otra. De forma mecánica, como siempre, esperando que alguien mostrase cierto interés por lo que decía. No escuchó la voz de su jefe llamándole por los altavoces hasta que Manoli, su compañera, le advirtió. Caminó despacio hacia el despacho del fondo de la sala. Por los estores medio echados pudo ver el rostro de Miguel, su jefe. Parecía enfadado y le seguía con la mirada mientras atravesaba los pasillos hasta la puerta.

—¿Quién es el tal Gransson?

—Un posible cliente— la pregunta le cogió por sorpresa

—¿Y por qué no aparece en los ficheros?

—Bueno, aún no…

—Llama a diario preguntando por ti. No quiere que nadie más le atienda.

—Yo no he hecho nada, te lo prometo Miguel.

—Ese es el problema Malena, que hoy tampoco has hecho nada.

—Quiero decir, que no he hecho nada con el Sr. Gransson…

—Pues debes hacerlo. Lleva tres días llamando. Ya es hora de que cierres el contrato. Ahora vete y hazlo.

Se sentó ante el ordenador. Sabía que Miguel tenía razón y debía cerrar el contrato. Llamó a Gransson.

—Sr. Gransson, soy Malena, de Seguros Ocaso.

—Ya pensé que no llamarías nunca.

—Después de la primera llamada no creí que querría hacerse el seguro.

—Sí, quiero hacer un seguro de vida.

—Bien. Debe darme algunos datos, cuando quiera empezamos. ¿Quién será el beneficiario del seguro en caso de fallecimiento del titular?

—Hernández Mairquez

—¿Perdón? Puede repetirme los datos

—Hernández Mairquez.

No tecleó el nombre en el ordenador. Se mantuvo en silencio. Intentando comprender lo que estaba escuchando desde el otro lado del teléfono. Pensó que era una locura, que se trataba simplemente de una casualidad.

—¿Podría darme el nombre de pila del beneficiario?

—Malena

—¡ESO NO PUEDE SER!—gritó ante la sorpresa de sus compañeras

—Sí, Malena, tú serás la beneficiaria de mi vida.

—Está usted loco…..

17 de junio

Esperó durante la cálida tarde con ansiedad. La segunda llamada al Sr. Gransson le había aturdido. No entendía como había conseguido saber sus apellidos y si en algún momento albergo la esperanza de que se tratase de una broma, ya había comprendido que no. El teléfono había vuelto a sonar aquella mañana, por tercer día, a la misma hora. Y por tercer día lo dejó sonar. Deseaba encontrar a Marga en el autobús, poder preguntarle si conocía a Gransson. Algo le decía que si, pero su amiga tampoco había ido hoy al trabajo. Y eso le extrañaba. Pero no conocía donde vivía ni podía ponerse en contacto con ella, tan solo le quedaba esperar a que el lunes Marga volviese al trabajo. Se sobresaltó al escuchar el timbre. Estaba esperando a Roberto. Después de contarle lo ocurrido habían decidido pasar el fin de semana juntos, lejos de la ciudad.

Se acercó cautelosa a la puerta. Roberto tenía llaves y pocas veces llamaba al timbre para entrar en la casa. Destapó la mirilla, sin saber muy bien que esperaba encontrar al otro lado de la puerta. La clara sonrisa del joven le tranquilizó. Le pasaba cada vez que se sentía preocupada o, como era el caso, asustada. Hasta ese mismo instante no se había dado cuenta del miedo que aquel señor Gransson le provocaba. Abrazo y besó a Roberto sin dejarle entrar en la casa. Tenía la maleta preparada para irse. Habían reservado un fin de semana en un pequeño hotel en la sierra. No había querido ni saber el nombre, para que ninguna compañera pudiese sonsacárselo.

No fue hasta después de una hora de coche cuando se dio cuenta de que algo iba mal. Roberto estaba más callado que de costumbre, y eso que no era muy hablador. Y cada cierto tiempo miraba por el espejo retrovisor. Malena no se atrevía a preguntarle. Se inclinó a un lado, mirando distraídamente a la carretera. Los faros de un coche los seguían a cierta distancia.

—Rober, ¿nos están siguiendo, verdad?

—Eso creo.

—No puedes deshacerte de el.

Las palabras surgieron de su garganta como una súplica ahogada mientras Roberto aceleraba. El coche acelero tras ellos. Las luces de una gasolinera iluminaron el cielo a unos cientos de metros. Roberto no lo pensó dos veces, giro el volante hasta detenerse ante la puerta del edificio de servicios. Las luces del segundo coche fueron acercándose, hasta detenerse en uno de los surtidores. Roberto mantenía sus manos en el volante, fuertemente agarrado.

—Buenas noches

El conductor del segundo coche se acercó a la ventanilla para repostar. Tenía el pelo canoso y unos sesenta años. Su esposa esperaba en el coche, mostrando una franca sonrisa mientras el hombre terminaba de repostar antes de alejarse de la gasolinera, ante la risa nerviosa de Roberto. Volvieron a la carretera, conduciendo tranquilo la media hora que les quedaba de camino. Malena abrazaba a Roberto, sintiéndose segura a su lado, cuando entraron en el hotelito.

El motor de un coche se apagó a veinte metros de la puerta del hotel.

18 de junio 

El móvil volvió a sonar a la misma hora de siempre. Roberto lo descolgó antes de que Malena se despertase. Se fue al baño antes de hablar por primera vez.

—Mira, no sé quién eres, pero esto ya no tiene gracia. Si la tuvo en algún momento.

—….

—¿No vas a decir nada?

—…..

—¿A qué coño estás jugando? Como te coja te mato, te lo juro.

—12.

—¿Cómo?

—Habitación 12.

—Hijo de puta

Apagó el teléfono antes de acercarse a la puerta y abrirla. No le hacía falta mirar el número para saber que esa era la habitación que ocupaban. Mirando por el pasillo comenzó a caminar camino de la recepción. Quien quiera que fuese sabía que estaban allí y eso significaba que debía haber preguntado el número de la habitación. Se detuvo. No quería dejar sola a Malena, que dormía plácidamente desnuda bajo las sábanas. Pero aquel loco podía estar cerca. Volvió a la habitación. Tan sólo había doblado una esquina, pero se quedó petrificado al ver la pegatina de Seguros Ocaso en la puerta. La arranco sin pensar antes de entrar en la habitación. Malena seguía dormida. No la despertó, se sentó junto a la cama. Con la cabeza entre las manos. Mirándola.

—¿En qué coño andas metida?

Malena se movió nerviosa en la cama. Llevaba dos días sin dormir y hoy era la primera vez que había logrado conciliar el sueño durante más de cuatro horas seguidas. Abrió los ojos, sonriendo a Roberto, antes de acercársele para darle un beso. No notó nada raro en su novio, que la cubrió con sus brazos, escondió la pegatina del Ocaso.

—He pensado en un cambio de planes. ¿Por qué no quedarnos en el hotel todo el fin de semana?

—¿Tienes ganas de jugar? –sonreía picara mientras abrazaba a Roberto con sus piernas y sus brazos, mientras le besaba en el cuello y jugaba con su pelo.

—Sí, eso es— dijo mirando a la pared del fondo. Donde la cortina se movía al son del viento que entraba por la rendija de la ventana mal cerrada.

Malena se separó por un instante. Lo notó frío, distante. Pero no dijo nada. Le gustaba la idea de quedarse abrazada a Roberto todo el fin de semana. Entre sus brazos se sentía segura, feliz. Se olvidaba de Gransson y su macabra broma. Porque todo aquello debía ser una broma. Había descubierto sus apellidos, pero tal vez se lo diese alguna de sus compañeras pensando que le hacia un favor. Tal vez.

El teléfono de la habitación comenzó a sonar. Roberto no le dejó cogerlo. La besó.

Siguió sonando…

19 de junio 

Roberto había descolgado el teléfono, que acompañaba con el tono los murmullos de la pareja.

—¿Qué haces? –le había susurrado Malena a su novio cuando dejó el auricular sobre la mesilla.

—No quiero que nadie nos moleste este fin de semana.

Ella le besó, y se abrazó a él, tranquilizando su corazón al ritmo de su respiración hasta quedarse dormida. A las 3 de la mañana, Roberto la zarandeó suavemente. Hasta despertarla. Malena le miró, soñolienta y asustada.

—Tenemos que irnos

—¿Porqué? ¿ahora? ¿qué hora es?

—Sí, Malena, tenemos que irnos a ahora. Me ha llamado mi padre –mintió— me necesita en casa.

Malena salió de la cama hacia el baño, dispuesta a vestirse, mientras Roberto preparaba la maleta sin dejar de escuchar cada ruido en el pasillo. Desde el día anterior había sopesado la posibilidad de irse en mitad de la noche. Si alguien le seguía sería imposible que no lo viera. En cuanto llegarán a casa iría a la policía. Ya pensaría como explicar lo ocurrido. Temía que no le hicieran caso, aquello parecía haber nacido como una broma. Él mismo se había reído de los miedos de Malena, pero ahora estaba seguro de que algo raro estaba pasando. Se acercó a la puerta, escuchando tras ella mientras llegaba Malena. La cogió de la mano mientras andaban por el pasillo. Dejó la llave en la recepción. Había pagado la habitación previamente y no se preocupó de que no hubiera nadie. Sin duda el recepcionista estaría descansando. Se montaron el coche, sin mirar atrás, sin ver al hombre que se asomaba curioso a una ventana de la segunda planta.

Aceleró para salir del pueblo, conduciendo a gran velocidad. Malena le miraba sorprendida, nunca le había visto con esa actitud.

—Dime la verdad ¿Qué ha pasado?

—Estaba en el hotel.

Malena le miró fijamente. Con los ojos muy abiertos. Ahogó un grito mirando atrás. La carretera estaba vacía. No se veía ninguna luz tras ellos. Elevó las piernas abrazándolas sobre el asiento.

—No quiero volver a casa Rober.

—No vamos a casa.

Eso la tranquilizó hasta quedarse dormida. Roberto la llevó entre sus brazos hasta la cama nada más llegar a casa de sus padres. Eran las 6,25. A las 6,30 sonó el teléfono. Número oculto. Descolgó.

—Saluda a papá.

20 de junio 

El lunes Roberto se negó a que Malena fuese al trabajo. Había dejado el móvil apagado sobre la mesilla y había llamado a la policía para denunciar el caso. Después llamó a Seguros Ocaso, para avisar de que Malena estaba enferma y no iría a trabajar. Nadie dijo nada. Malena sabía que, en el fondo, no era más que su número de puesto. Un trabajo de mierda rodeado de personas que cambiaban cada poco tiempo. Muchos eran estudiantes, que se sacaban un sobresueldo. Aunque últimamente estaban llegando muchos inmigrantes. Al principio le gustaba la alegría que traían, poco a poco comenzó a tener problemas con muchos de ellos. No le gustaban los modos que empleaban por teléfono y entre ellos. Pero menos aún le gustaba que algunas compañeras comenzaran a llamarlas sudacas. Ella intentó mantenerse a parte. No quería problemas en el trabajo. No quería dar motivos para que pudieran echarla. Ahora algo le decía que no volvería al trabajo. Se quedó sentada en el sofá de la casa. La madre de Roberto se sentó junto a ella, después de ofrecerle un café que ella rechazó. Tenía el estomago cerrado. No hablaron. Esperaban juntas la llegada de inspector de policía.

Roberto estaba en la puerta, hablando con su padre. Se les notaba preocupado. Escuchando cada sonido que venía de la escalera. El timbre sonó poco antes de las 8. La inspectora era una mujer joven, de unos 35 años. Morena, de rasgos agitanados.

—Soy la inspectora Fernández.

—Bienvenida, pase al salón, voy a llamar a Malena –dijo el padre de Roberto dirigiéndose a la cocina.

—Hola –Malena estaba apesadumbrada, se notaba el cansancio y el miedo en sus ojos— gracias por venir.

—Para eso está la policía. Por favor, cuénteme que ha ocurrido.

Malena le explicó paso por paso todo desde la llamada realizada a Gransson. La inspectora fue apuntando todo, y levantó la cabeza con mayor interés cuando Roberto refirió la última llamada.

—¿Cómo pudo saber que veníamos a esta casa y que era la de mis padres? Al hotel pudo seguirnos pero ¿aquí? es imposible.

Fernández asintió antes de levantarse para salir un segundo a realizar una llamada. Volvió a sentarse al cabo de unos pocos minutos. Pidió que le repitieran todo lo ocurrido, día a día. Las llamadas, la pegatina del hotel, todo. Sonó su móvil mientras Malena conectaba el suyo para dárselo.

—Es imposible— miró a Malena— ¿estás seguro de eso?

—…

—Bien, vale, vale, te entiendo —Colgó el teléfono antes de dirigirse a Malena. —¿estás absolutamente segura de que hablaste con Gransson a las 12’30 del día 14?

—Sí

—Entonces, hablaste con un muerto.

21 de junio 

Malena y Roberto estaban totalmente sorprendidos. Y asustados. Seguían en casa de los padres de él. La madre de Malena era muy mayor y no habían querido asustarla llamándola. Estaban sentados frente al ordenador, leyendo la noticia aparecida en el periódico del 14 de junio:

“El trágico accidente ocurrió a las 11h de la mañana de ayer en la circunvalación A13. El vehículo, un Seat León conducido por JMS, invadió el carril contrario, circulando en dirección opuesta durante dos kilómetros hasta encontrarse con un camión de transportes Logister. El conductor del tráiler evitó la colisión con el vehículo “kamikaze” cruzándose en la carretera. Un segundo coche, un Renault Space conducido por G.J. Gransson al que acompañaban sus hijos de 12 y 17 años y su esposa, impactó contra el lateral del tráiler con desgraciadas consecuencias.

Los bomberos desplazados al lugar del accidente nada pudieron hacer para salvar la vida de GJ Gransson y sus dos hijos, que fallecieron a los pocos minutos del impacto. Margarita Lusena, esposa y madre de los fallecidos, logró salir del vehículo antes de que este se incendiara”

El artículo venía acompañado de la foto del siniestro. Con el coche calcinado al fondo de la imagen mientras los servicios sanitarios cubrían con una sabana un cuerpo calcinado. Malena se detuvo en una mujer, cubierta con una manta térmica, que aparecía a la derecha, sentada en una camilla ante la puerta abierta de una ambulancia.

—¡Es imposible!

—¿Cómo? ¿qué has visto?

Malena no contestó, seguía con la mirada fija en la imagen del periódico. Se echó para atrás, mientras un sudor frío comenzaba a recorrerle la espalda.

—¡Imposible!

Roberto la miraba, asustado. No esperaba aquella reacción.

—¿Qué has visto?

Malena señaló a la mujer de la foto. La esposa de Gransson. Sólo pudo balbucear dos palabras entre sollozos.

—Es… Mar…ga.

Sonó el teléfono de la sala.

—¿Acaso hoy no pensáis salir de casa? Tal vez no vuelva la inspectora…

Las persianas cayeron oscureciendo la sala por completo.

22 de junio 

Malena estaba sentada en la cama. Abrazada sobre sí misma. Se balanceaba. Atrás, adelante. Adelante, atrás. Roberto pasaba cada cierto tiempo por la habitación. Caminaba en penumbras. Habían decidido cerrar todas las persianas. El susto por la cinta rota estuvo a punto de provocarle un ataque al corazón a su madre. Y no estaba dispuesto a eso. Había pasado toda la noche hablando con su padre. No era posible que aquella de la foto fuese Marga. Malena le había comentado que había estado sentado con ella en el autobús el día después del accidente. Era imposible.

—Los heridos en accidente no van al trabajo— le había dicho su padre.

—Ni los muertos llaman por teléfono— le recordó él.

—Cierto— musitó.

La inspectora no había vuelto, y desde la tarde anterior los teléfonos habían estado descolgados. Parecía que Gransson sólo llamaba a las 6’30, pero había decidido descolgar todos los aparatos. Si la inspectora quería ponerse en contacto con ellos, debería ir hasta la casa. Y debía hacerlo pronto. Roberto había tomado la decisión de irse de allí. De llevar a Malena a un lugar seguro, y lejos de la familia. Revisó la cinta partida el día anterior. Era nueva. Parecía que la hubieran cortado de un solo tajo. Pero eso también era imposible.

Eran cerca de las 11 de la noche cuando llamaron al timbre. El padre de Roberto se acercó y observó por la mirilla. Abrió la puerta. La inspectora entró, aguantando el portón mientras un hombre alto, canoso, de pelo largo, entraba tras ella. No lo presentó. Directamente se sentó en el sofá. El hombre permaneció de píe, apoyado en el marco de la puerta. Fernández dejó el móvil de Malena sobre la mesa. No preguntó por ella. Ni siquiera miró, como si no se diese cuenta de su ausencia.

—Llamaron. A las 6’30. Estuve media hora hablando con el tal Gransson. Conoce toda la vida del fallecido en accidente de tráfico.

—¿Disteis con él?

—No.

—Pero… en las películas le valen unos pocos segundos para dar con la posición del teléfono.

—Como norma general, en la vida real, también.

—Entonces cómo…

—Esto no parece la vida real —La voz sonó grave. Por primera vez había hablado el hombre. Tenía un peculiar acento y dio la sensación de que el tiempo se detuviese mientras hablaba. El padre de Roberto lo miró. Observó la cruz que el colgaba del cuello y el sello dorado que cubría uno de sus dedos. No dijo nada. Había visto el anillo otras veces, en un club del Opus Dei –Estamos hablando con un muerto. O eso parece. Yo no creo en fantasmas. Pero parece que alguien quiere que vosotros creáis que sí.

Malena apareció en ese momento por la puerta. Ojerosa. Los ojos cargados de lágrimas. Observó al hombre. Volvió a llorar en brazos de Roberto. La luz parpadeó por un instante. Un breve instante antes de apagarse.

La sala quedó iluminada por la pequeña pantalla del Nokia 7373. Había comenzado a vibrar sobre la mesa.

23 de junio 

El teléfono estuvo sonando durante más de una hora. Roberto abrazaba a Malena mientras escuchaba a su padre maldecir a la empresa de electricidad. Fernández se mantenía en aparente silencio, solo rotó por un leve murmullo. Malena, llorosa, logró alcanzar sus rezos, y siguió su lento rosario en la oscuridad, rota por la pequeña luz del Nokia. La luz daba un tono fantasmal al hombre silencioso, como acabó llamándolo Roberto. Se mantenía quieto, con los ojos fijos en el teléfono. En un par de ocasiones pareció desear cogerlo. Se contuvo. Esperando que Malena diese el primer paso. Un poco antes de la una de la mañana del 23 de junio, el hombre habló:

—Cógelo, Malena. Mientras no lo hagas esto no terminará

—Di.. Diga—la voz de Malena tembló de miedo.

—Por fin vuelves a hablar conmigo.

—…

—Sigues pensando que no quieres hacerte un seguro de vida. Cada minuto que pasa estás más cerca de la muerte.

—….

—¡No llores! La muerte no es tan dura.

—….

—¿Porqué no me hablas?— la voz al otro lado de teléfono se elevo. Malena cayó sobre el sofá, con el teléfono entre los pies. Fue el hombre silencioso quien lo recogió.

—¿Qué quieres, Gransson?

—A Malena.

—No puede ponerse.

—Debe hacerlo.

—No puede.

—¿Pregúntale por su suegra?

—¿Su suegra?

Roberto levantó la cabeza buscando el rostro de su madre. Sólo encontró la desencajada mirada de su padre.

24 de junio 

—Absolutamente imposible. No pudo salir de la casa –la inspectora Fernández se mostraba intransigente y atónita ante lo ocurrido— él estaba en la puerta. Nadie entró ni salió de la casa. Las ventanas estaban cerradas. Siguen estándolo. Por dentro. La puerta estaba protegida. Y la mujer estaba en la casa. Es imposible que se haya ido.

—Es imposible que esté dentro. La casa no es tan grande. No son más que 130 metros cuadrados, y lo hemos recorrido palmo a palmo. Cada cuarto, cada armario. Esa mujer no está en la casa.

—Pero tiene que estar….

—Pues no está. ¡Vámonos chicos, aquí no tenemos nada más que hacer!—miró fijamente a Fernández antes de susurrarle –A ver como explicas el despliegue realizado en esta casa durante las últimas 24 horas.

La joven inspectora se derrumbó sobre el sofá. Al lado de Malena, que dormía inquieta abrazada a Roberto. Desde que descubrieran su desaparición el día antes el joven no había dicho una palabra. Tampoco su padre, que al final fue trasladado en ambulancia a un hospital. A eso de las dos de la tarde sufrió una crisis de ansiedad y el hombre silencioso aconsejo que llamaran al 061. Malena le abrazó. Se sentía culpable de todo lo que ocurría en la casa. Le pidió a Roberto que se fuese con su padre. Se negó. Quería estar junto a ella. No podía hacer más. Tan solo esperar. Sentados en el sofá. Sabiendo que a las 6’30 de la mañana volvería a sonar el teléfono. Y, entonces, tendrían su respuesta.

Y el teléfono sonó a la hora esperada. Malena, lo cogió sin decir palabra alguna. Escuchando el silencio que venía del otro lado de la línea. El sonido era ensordecedor. Un zumbido que se metía en la cabeza de Malena. Las lágrimas recorrían sus ojos. Al fin, la voz habló.

—¿Y papá? ¿no ha soportado la presión?.

—…

—Aún no habéis encontrado a tu suegra, ¿me equivoco? Hasta la casa más pequeña del mundo tiene escondites que nadie conoce.

—¿Quién eres, cabrón?

—Ya lo sabes. Un cliente.

—¿Dónde está?

—En la casa…

El golpe sobresaltó a los presentes justo cuando el teléfono se colgó. Roberto saltó del sofá corriendo hacia la cocina.

—¿Cómo he podido ser tan gilipollas?

Saltó sobre la mesa, golpeando el techo. El hombre silencioso le seguía de cerca, ayudándole a abrir la pequeña trampilla que cubría el hueco de una vieja chimenea. Un capricho de los antiguos dueños del ático que sus padres cerraron al comprar la casa. El cuerpo de su madre cayó como un peso muerto. Sus ojos opacos mostraban miedo. La sangre corrió por sus piernas hasta manchar las manos de Roberto.

25 de junio 

Roberto se vino abajo. Dejo a Malena en manos del hombre silencioso y fue al hospital. Cabizbajo, lloroso. Presa del terror. Había visto el miedo en ojos de su madre y, ahora, vería a su padre morir de angustia y pena. El uno sin el otro no era nada. ¿Cómo podría explicarle a su padre lo ocurrido? ¿Cómo había logrado su madre colarse en la trampilla sin ayuda? Se despidió de Malena fríamente. Y su mirada traspasó el corazón de la joven. No dijo nada. No hacía falta. Todo había terminado. Roberto cerró la puerta tras de sí.

—Supongo que no querrás quedarte aquí— Fernández se había acercado y abrazaba solidariamente a Malena, que negó con la cabeza —¿Tienes a donde ir?

—Podría ir a casa….

—No es seguro. Tiene que ser un lugar que nadie conozca.

—No creo que haya nada que Gransson desconozca.

Rompió a llorar, justo en el momento en el que el móvil del hombre silencioso comenzó a sonar. Malena se recostó en el sofá, mientras el hombre se dirigía a la cocina. Al cabo de unos minutos llamó a Fernández.

—La mujer ha muerto de miedo.

—¿Cómo?

—Literalmente. Fallo general del sistema. Si fuese un ordenador diría que se ha quemado por una subida eléctrica. Pero lo más curioso no es eso.

—¿Curioso?— preguntó con tono ácido Fernández —¿de verdad puede haber algo curioso en todo esto?

—Su corazón está quemado.

—¿Otra metáfora informática?

—No. Literalmente.

—¿Qué dices?

—El forense ha dicho textualmente: “Si no fuese porque está donde debe estar, hubiera pensado que es el corazón de un quemado. Parece como si lo hubieran metido en un horno y luego lo hubieran vuelto a colocar. Pero eso es del todo imposible”.

—Me temo que no hay nada imposible en esta historia.

El hombre silencioso miró hacía la habitación en la que Malena sollozaba. Estaba esperando una llamada que hoy no se había producido. ¿Qué retenía a Gransson hoy? ¿Qué había cambiado en las últimas 24 horas? Aparte de la muerte de la madre de Roberto….

Malena gritó de terror. Un solo segundo antes de que el teléfono comenzase a sonar. Todos los aparatos de la casa emitieron su sonido. El hombre corrió hacia la sala. Malena estaba paralizada. Con los ojos fuera de sí. Miraba un rincón. La luz de la mañana entraba por las rendijas de la persiana caída. El hombre siguió su mirada. Fernández gritó paralizada por el miedo.

—No cogéis el teléfono

Una mano quemada se extendió hacia Malena ofreciéndole un móvil. El único que no sonaba…. aún.

25 de junio. El hombre quemado 

Malena estaba paralizada. Fernández había caído al suelo. Sólo el hombre silencioso parecía entender lo que ocurría. Las luces, apagadas desde el día anterior, parpadearon durante unos breves segundos. El hombre quemado avanzó hacia Malena, que retrocedió hasta topar con el sofá. Cerró los ojos, con fuerza, mientras se dejaba caer.

—¡Es una pesadilla!— gritó.

Pero al abrir los ojos, el hombre seguía ante ella. Tendiéndole aquel teléfono mudo. El hombre silencioso se había acercado por detrás. Asintiendo a la aterrada Malena. La chica extendió la mano, recogiendo el móvil en el mismo momento que comenzaba a sonar.

—¿Srta. Hernández Mairquez?

—Sí, soy yo.

—Le llamo del Hospital Virgen de la Luz. Es en referencia a su marido.

—¿Mi marido? ¿Qué marido?

—Roberto Verdasco.

—¿Rober? ¿Qué le ha pasado?

—No podemos explicarlo por teléfono. Sería mejor que viniese a verlo.

—¿Qué le has hecho?…— rugió Malena cargada de dolor ante el hombre quemado.

—¿Quieres un seguro de vida ahora?

Malena se estremeció. Reconoció la voz. La misma que cada mañana a las 6’30 llamaba a su casa. La misma que le atormentaba día y noche. En sus pesadillas no era tan terrorífico. Allí no era más que una sombra sin rostro. Sin embargo, era real. Estaba despierta y él estaba ante él. El olor se extendió por la casa, de pronto. Olor a carne quemada. La carne de un muerto que se presentaba ante ellos. Buscó con la mirada a la inspectora. Estaba en el suelo, paralizada por el terror. Aferrada a una pequeña cruz de plata. El hombre silencioso le retiró el móvil de las manos.

—Debemos irnos. ¡Ahora!

Cogió del brazo a las dos mujeres. Retrocediendo lentamente hacia la puerta. Las luces volvieron a la vida de pronto. Toda la casa quedó iluminada por una mortecina luz. Como si las lámparas temieran brillar en todo su esplendor. El hombre quemado seguía al fondo. Las paredes se mostraban cubiertas de sangrantes palabras. Todas preguntaban lo mismo: “¿Quieres un seguro de vida?”. Las luces crearon sombras fantasmales sobre el ser venido de los infiernos.

La puerta se abrió tras ellos, dándoles la despedida en aquella casa maldita. Sentados en las escaleras la vida volvió a mostrarse en su realidad menos temibles. Dos policías uniformados acababan de llegar. Habían sido avisados por los vecinos ante los gritos escuchados. El hombre silencioso intentó que no entraran. Lo apartaron para cruzar el umbral.

Los gritos atronaron en el edificio mientras el hombre silencioso arrastraba a las mujeres por la escalera.

25 de junio. Jorge y Pablo 

Los dos hombres recibieron la llamada estando en el coche patrulla. Estaban a punto de acabar su turno, pero sabían que eran los más cercanos al lugar. Encendieron las luces y pusieron dirección a la casa y, al llegar, comprendieron que debían pedir refuerzos. En aquella casa se había producido el extraño asesinato del día anterior. La mujer del corazón quemado. Aún no había saltado la noticia a los periódicos, pero todos los policías de la ciudad estaban al tanto de lo ocurrido. La científica había estado buscando a la mujer durante 24 horas, sin resultado, y de pronto apareció muerta escondida en el techo de la cocina. Como había llegado allí era un misterio. Y el hecho de que en la casa estuviera John Romanski le da un mayor halo de misterios al suceso.

Todos habían oído hablar del sacerdote. Miembro de la curia del Opus Dei se decía que era un experto en fenómenos paranormales. La policía no solía contar con ese tipo de colaboradores. Ellos se basaban en pruebas, Romanski en la fe en Dios y en la creencia en el demonio y sus seres. Era un charlatán que se aprovechaba de su posición para sacarle dinero a los incautos. Otra de las herramientas del Opus para obtener beneficio.

Cuando lo encontraron en la escalera, pidiéndoles que no entraran en la casa, no le hicieron caso. Ni la visión de las dos aterradas mujeres pudo con su resolución. Atravesaron la puerta abierta, sin llegar a saber quién de ellos la había cerrado al entrar. Las luces estaban encendidas y las paredes habían sido pintadas de rojo. Notaron como los píes se le pegaban al suelo. La pintura derramada para escribir las letras en la pared. No entendían porque habían escrito aquella frase en la pared. El olor les llegó de pronto. Venía de la sala del fondo. Caminaron hacía allí. La luz entraba a raudales por la ventana abierta. El silencio sólo era roto por un leve zumbido, como el que producen los mosquitos en una habitación sin luz.

Jorge fue el primero en entrar. Era un hombre joven. Acababa de salir de la academia y siempre estaba dispuesto a mostrar su valor. Pablo iba tras él. Renegando por no haber esperado a los refuerzos. Aquella casa le ponía los pelos de punta.

—¡Maldito Romanski! aquí sí que ha montado una buena.

—Pero, ¡qué coño!, ¿se puede saber que ha hecho aquí?

—Sacar dinero, como siempre.

—Sí, para pagar un seguro de vida.

Saltaron sobresaltados. No habían esperado que hubiera nadie allí. Se giraron, para ver quien estaba ante ellos. Gritaron de terror cuando el hombre quemado avanzó, primero lentamente, después de un salto. Jorge se meó encima antes de notar las manos del hombre sobre su cuello. Pablo reculó. Sacó el arma y comenzó a gritar mientras disparaba. Jorge notó el mordisco en el pecho. Recordó que un compañero le había dicho que era como la picadura de una serpiente. Se miró el pecho, sangrante, en el lugar donde la bala había entrado en su cuerpo. Se arrodillo, notando los dientes del ser en su brazo. Un nuevo gritó resonó en la sala mientras las luces huían del terror. Un gritó gutural, de ultra tumba. Un grito que se acompañó de otros y del sonido de los disparos.

Pablo vio al hombre abalanzarse sobre él. Un paso más cerca de cada fogonazo que iluminaba la habitación. Uno, dos, tres,… la sangre manó de su cuello mientras un intenso calor nacía de su interior. Se vio reflejado en el espejo. Un reflejo iluminado por las llamas que salían de su boca. Un reflejo que se extinguió cuando las llamas iluminaron las cuencas de sus ojos.

25 de junio. El hospital 

Llegaron al hospital poco después de las diez de la noche. Ni la inspectora ni Malena habían logrado reponerse. Sólo el hombre silencioso, Romanski, mantenía la cordura. Preguntó por Roberto y fue conducido por una enfermera hasta la séptima planta, donde esperaron que llegase el médico. Era un hombre de mediana edad, calvo, moreno, de ojos claros. Parecía simpático, pero su mirada y su rostro mostraban incredulidad.

—Son la familia de Roberto.

—Bueno, su padre está ingresado. Su madre falleció ayer. Ella –dijo señalando a Malena— es su novia.

—¿Y ustedes? Miren, solo puedo hablar con familiares directos.

—Ella es la inspectora Fernández, está al frente del caso. Yo soy John Romanski y soy el confesor de la familia. He visto a este joven nacer y crecer. Le he bautizado, le he dado su primera comunión, y he estado presente en cada acontecimiento importante de su vida…

Malena levantó la vista por primera vez desde que apareciese Gransson. Observó a Romanski y corroboró que era sacerdote. En ningún momento se había preguntado quién era ni qué hacía allí. Ahora comenzaba a comprenderlo. O eso creía.

—Está bien, está bien. Pero, quiero que entiendan que esto es muy extraño. Jamás me he encontrado con nada similar.

—¿Qué está pasando, doctor?

—Será mejor que se sienten –dijo señalando una pequeña sala— Miren. No se cómo empezar. Roberto llegó aquí ayer, acompañando el cadáver de su madre. Estaba bien. Aterrorizado, sí, pero bien. No sé qué ocurrió ayer en la casa pero les juro que nunca había visto a nadie tan aterrorizado… hasta hoy, tal vez.

—Le aseguro que no quiere saber qué ocurrió ayer en esa casa. Mucho menos lo que ha pasado hoy. Pero, déjese de rodeos. ¿Qué le ha pasado a Roberto?

—No lo sé. De pronto estaba en el suelo. Su temperatura ha subido por encima de los 40º y no baja. Habla en sueños. Ha llamado a Malena durante toda la noche. Pero también ha dicho incongruencias. No duerme, pero tampoco está despierto. Al menos no como cualquiera de nosotros lo estaría.

—Tengo que verlo.

El médico le condujo hasta una sala apartada. Roberto era el único paciente. Romanski se acercó hasta él. Le cogió de la mano y se agachó para susurrarle en el oído.

—Roberto, soy Romanski. Ya sabes quién soy, estaba en tu casa ayer. No sé a que mundo te has evadido, pero tienes que volver. Malena te necesita y tu padre también. Escúchame Roberto. Gransson quiere acabar con tu familia. No puedes dejarle que venza. ¿Me oyes? Tienes que volver.

—Malena, Papá. Ella mató a los niños. Están conmigo. ¿Por qué arden? El fuego consume la vida. La vida. Se va, se van… ¿Dónde está Marga? ¡MALENA!. Escucha al hombre silencioso. Él habla con los muertos.

Romanski notó el peso de las miradas. Los niños le miraban aterrados, mientras sus dedos jugaban con el pelo de Malena y le susurraban al oído.

—Mamá, estamos aquí.

26 de junio 

A las 6’30 sonó el teléfono de Romanski. Lo cogió. Sabiendo que Gransson estaba al otro lado de una línea que conectaba con la muerte. Se había llevado a las dos mujeres a su casa. Un pequeño chalet en las afueras. Ricamente decorado, destacaba la imagen de una virgen tallada en madera sobre todo lo demás. No había fotos familiares. Tan solo algunos amigos y una foto en la que un joven Romanski daba la mano a San José María Escrivá.

Malena y Fernández descansaban en sendas habitaciones mientras el hombre había pasado la noche estudiando sus libros. Nunca se había encontrado con nada parecido. Sabía que tenía fama de charlatán. No le extrañaba. El mismo era un incrédulo. Había participado en algunos exorcismos. Había demonios en el mundo. Tan seguro como que Dios existe. Pero nunca se había encontrado con un algo como esto. Gransson había venido desde la muerte, desde el mismo infierno, para aterrorizar a Malena. Pero ¿porqué a ella? y ¿porqué los niños le habían llamado mamá?

Había visto a los niños en el hospital, pero también en la casa. Sabía que ahora mismo estaban sentados a los pies de la cama. Pero ella no era la madre. La madre era Marga, pero no habían logrado dar con ella. Tal vez esa era la clave. Ni Gransson, ni la policía ni sus contactos habían dado con ella. Debía estar ingresada en algún hospital. Pero nadie sabía nada de ella. Si no fuera porque Malena la conocía, y porque había aparecido en la foto del periódico, podría no haber existido. Pero existía y ella debía ser la clave.

—Dime, Gransson— estaba absolutamente convencido de que se trataba de él—¿qué quieres hoy?

—¿Dónde está Malena?

—Durmiendo.

—Dile que se ponga.

—No

—¿Por qué?

—Porque ayer acabaste con la vida de dos hombres buenos. Y también has matado a su suegra. Y te has llevado a Roberto a tu mundo.

—Roberto no está conmigo.

—Ayúdale a volver. Y te llevaré hasta Marga

El teléfono quedó en silencio. Gransson se había ido. Marga era la clave. Sin duda. Romanski acudió hasta la habitación en la que dormía Fernández.

—Despierta. Debes encontrar a alguien que no existe.

—¿Cómo?

—Marga es la clave. La esposa de la que nada se sabe. Tú eres policía. Debes dar con ella.

Fernández asintió. Parecía que había recobrado la cordura perdida en los días previos. Se duchó, se vistió y salió a la calle. Llamó a un taxi mientras desde la ventana de la primera planta dos chicos le despedían con la mano.

Miró al espejo retrovisor. Las llamas se reflejaron a su espalda.

26 de junio. Fernández 

Fernández miró a su espalda. La casa ardía en llamas. Desde los cimientos. El taxista parecía no haberse dado cuenta de nada. ¿Cómo era posible?

—¡Detente!,— gritó, pero el taxi continuó su marcha

—¡Policía, deténgase!— El taxista parecía no oír sus agónicos gritos.

Se dio cuenta que el sonido no salía de su boca. Estaba muda. Terroríficamente muda. Y la casa seguía ardiendo. Golpeó al taxista que, por fin, pareció notar su presencia.

—¿Qué? ¿Qué?

—Pare, — casi susurro— tengo que volver. La casa… la casa está en llamas.

—¿Está usted bien?

—Sí, yo sí, pero la cas…— se volvió para observar el pequeño chalet de dos plantas del que acababa de salir. Sus paredes blancas reflejaban el sol del amanecer, tornando naranja su color –Siga, perdóneme, siga.

La inspectora se recostó en el asiento. Sin atreverse a cerrar los ojos. Incluso despierta la pesadilla había sido demasiado real. Esperó que todo lo que había ocurrido hasta ahora fuese mentira, una parte más de la pesadilla de la que se acababa de despertar en el taxi. Sonó el teléfono. Lo dejó sonar. El taxista comenzó a mirarla. Preocupado. Más aún cuando Fernández sacó el teléfono del bolso. Un Nokia 7373 que pertenecía a Malena. Miró el número. Suspiró aliviada al reconocer el número de la comisaría.

—Hemos llamado a tu teléfono. Te lo dejaste en casa. Romanski nos ha dado este número. Nos dijo que lo cogerías. Pero has tardado bastante.

—Sí, perdona, no me di cuenta de que era el mío. Dime.

—Ha pasado algo. En la casa. Ayer.

—¿Podrías ser más explicito?

—Tienes que verlo.

—No quiero ver nada más.

—Si no lo ves, no lo creerás.

—Estoy segura de que sí –dijo con desgana— de todas formas, voy para allá. Pero hazme un favor. Necesito encontrar a Margarita Lusena, resultó herido en un accidente de tráfico el día 13 en la A13.

—Vale, me pongo. Pero ve a la casa.

Le dio la dirección al taxista, que cambió la marcha para llegar hasta el edificio de apartamentos. La zona estaba acordonada y todos los vecinos habían sido evacuados del edificio. Las plantas altas se veían oscurecidas. El fuego había arrancado la pintura marrón, que había caído hasta el asfalto, dando la sensación de tiras de piel arrancadas de un cuerpo. Se presentó al jefe de la investigación. Marcos Burgos. Se conocían.

—¿Ves cómo está?—dijo señalando el ático— Pues tienes que entrar.

Subieron las escaleras. El humo aún se mantenía vivo en algunos rincones del rellano y en el hueco del ascensor. Cuando llegaron a la última planta, Fernández recordó los gritos del día anterior. Pensó en los dos policías. Hasta este momento no se había preguntado que había sido de ellos. Miró la puerta. Para su sorpresa no estaba calcinada. Miró a Marcos Burgos. Interrogándolo con la mirada.

—Espera, espera… esto no es nada.

Fernández entró por la puerta. Y comprendió la urgencia de su compañero. La casa había ardido. Debía haber ardido según mostraba la fachada. Pero todo estaba exactamente igual que cuando ellos se fueron. O casi. El suelo estaba manchado de rojo. Marcos Burgos asintió. Era sangre. La misma que manchaba las paredes con la frase que tan bien conocía. La misma que había comenzado la locura ¿Quieres un seguro de vida?

—¿Y los dos policías?

—¿Cómo lo has sabido?— Marcos le miró sorprendido ante la pregunta –Están allí.

Juntos caminaron hasta la puerta de un cuarto. El mismo en el que había descansando Malena la primera noche que se escondió en casa de los padres de Roberto. Marcos no entró. Se quedó ante la puerta, cerrada, indicándole con la cabeza que podía entrar cuando quisiera. Ella lo hizo. Despacio. Sin saber que había ocurrido, ya se imaginaba que encontraría el cuerpo muerto de los dos hombres. Pero ¿aquello?.

Jorge se encontraba abierto de brazos. Colgado en el techo de forma imposible. Apoyado el cuerpo sobre los brazos de la lámpara, la bombilla sobresalía de su cuello. La sangre había goteado, cayendo sobre la cama. Empapada en rojo. Pablo estaba en el suelo. En una esquina de la habitación. Parecía que estaba tranquilamente durmiendo. Si no hubiera sido por el enorme bocado que tenía en el hombro, que dejaba a la vista el hueso y las venas. Fernández entró en la sala. Resbalando por la sangre vertida. Se acercó a la cama. Miró el rostro de Jorge. El miedo continuaba en su rostro. Ya sabía por qué. Ella misma quedo paralizada al ver el cuerpo quemado de Gransson. Miró a Pablo. Observándolo con más detenimiento. Se acercó lentamente. Se agachó ante él, hasta rozar la sangre del suelo con su rodilla.

—¡Joder!

Salió de la habitación. Sin mirar a nadie corrió hasta el baño. Vomitó en el váter mientras Marcos se acercaba a la puerta.

—Tranquila, no eres la primera.

—Ha ardido por dentro.

—Eso parece.

—La madre de Roberto murió con el corazón abrasado.

—¿Qué sabes de todo esto? Dime algo.

—El demonio anda suelto entre nosotros.

—¡No creo en demonios!

—Es hora de que comiences a creer. Ya formas parte de esto. Sólo reza porque no te suene el teléfono.

—¿Cómo?

Fernández sacudió la cabeza. Lo justo para que entrase en su ángulo de visión una imagen que no esperaba. Avanzó hacia la ducha. Descorrió la cortina. Marcos se paró a su lado.

—¡Puta madre!

El niño comenzó a llorar.

26 de junio. Roberto 

Romanski llegó junto a Malena. El niño había sido trasladado al Hospital Virgen de la Luz. Malena insistió en visitar a Roberto mientras el sacerdote hablaba con el niño. Roberto la miró con sus ojos vacíos.

—Mamá

—No, Roberto, soy Malena.

—¿Mamá?

—Sí, Roberto, soy mamá.

—¿Dónde están los niños?

—No lo sé, Roberto.

—Ya no están. Estoy sólo. No tengo con quien jugar.

—Pero ya no es hora de jugar, Roberto. Tienes que volver a casa.

—No quiero.

—Debes hacerlo. Se está haciendo de noche. Y la oscuridad no te gusta.

—No está oscuro. Las antorchas están encendidas.

—Bueno, Rober. De todas formas tienes que venir a cenar.

—No tengo hambre.

—Pero yo quiero verte.

—Y yo.

—Pues ven a casa.

—Vale.

Las maquinas comenzaron a sonar mientras Roberto se movía nervioso sobre la cama. De pronto, todo paró. Romanski entró en la sala. Acompañado de un niño de 12 años que corrió para abrazarse a Malena. Era rubio, con el pelo rizado y rostro angelical. Su mirada mostraba miedo, extrañeza y felicidad.

—¡Mamá!— gritó.

—No soy tu madre— dijo Malena desganada.

—Mamá— llamó Roberto— ¿Porqué está mi hermano contigo?

—No tienes hermanos, Rober.

—¿Porqué está ese niño contigo, entonces?

—Mamá –repitió el niño —¿Por qué mi hermano está ahí?

Malena miró a Romanski.

—Son hermanos. No preguntes cómo. Pero de alguna extraña forma, lo son. Jamás he visto nada igual. Jamás me encontré con nada parecido. Pero los demonios corren por las calles. Y el padre de todos ellos ha decidido que tú eres su madre. Y ellos lo aceptan.

Malena miró el angelical rostro del niño que se abrazaba a sus piernas. Las llamas brillaron en sus ojos. Y el reflejo brillo en los de Roberto.

—¿Cuándo vas a venir a jugar?

—Pronto

Un grito sonó en algún lugar del hospital. Las enfermeras pasaron corriendo frente a la ventana acristalada de la habitación. Roberto giró la cabeza en dirección a las carreras.

—Papá— gritó.

26 de junio. La visita al padre 

Las enfermeras corrían hacia la habitación 709. La misma en la que el padre de Roberto había sido ingresado con un ataque de ansiedad. El gritó había sido desgarrador. Más de lo normal. El hombre había sido sedado y desde hacía dos días estaba tranquilo. Los gritos, las pesadillas, parecían haber pasado. Hasta ese mismo día. Media hora antes un sacerdote acompañado de un niño parecido a un querubín había entrado en la habitación para darle la Eucaristía. El sacerdote había asegurado que el niño, su monaguillo, era además el nieto del hombre. El médico creyó a pies juntillas que la visita del chiquillo sería beneficiosa para el hombre.

El sacerdote estuvo 25 minutos dentro de la habitación. El hombre lo reconoció al entrar. Pero su estado no se alteró. Seguía tranquilo. El sacerdote se sentó en una silla, junto al cabezal de la cama. El niño saltó sobre la propia cama, jugando con pequeño coche de bomberos. El hombre escuchaba atentamente cada palabra del sacerdote. El niño jugaba silencioso. Sin hacer caso al hombre de la cama. Al final, se levantaron para irse, justo cuando las enfermeras acudían a llamarle. El niño se abrazó a su abuelo.

—He jugado con Roberto.

Los ojos del hombre se abrieron mirando el techo, mientras el querubín cerraba su abrazo y continuaba con sus susurros.

—Puede que venga a verte hoy mismo. Míralo a los ojos. La sangre de Satán fluye por sus venas. Eres el padre del mal. De mi hermano Roberto. Un beso. Abuelo. Nos veremos a tu muerte.

El hombre quedó paralizado mientras el sacerdote y el niño abandonan la sala. Miró a la ventana abierta que daba a la calle. Las palomas agitaban sus alas nerviosas en el alfeice. Miró a la silla. Roberto le sonrió. Con los ojos cargados de sangrantes lágrimas.

—Padre, yo no quiero jugar con estos niños.

—No juegues, hijo, no juegues.

—Pero tengo que hacerlo. Él me obliga.

—¿Quién es él?

—Ha pactado con Malena. Si encuentra a Marga seré libre. Seremos libres.

—Yo soy libre.

—No, padre, aún no lo eres.

Roberto se levantó, acercándose a su padre lentamente. Extendió sus brazos hacia él, que se incorporó para recibir el abrazó. Roberto le apretó el cuello hasta que los frágiles golpes de su padre cesaron. Cayó sobre la cama. Peso muerto. Muerto. El pitido de la maquina se hizo uniforme. Vio a su hijo marcharse entre sombras.

Gritó. Gritó hasta despertar. Gritó sabiéndose muerto. Gritó a la espera de que llegase su hijo. Entraron las enfermeras. Las miró.

—Ha venido Roberto.

—No ha venido nadie.

—Ya estoy muerto.

—No, hombre, aún no.

27 de junio 

El teléfono sonó a las 6’30. Como cada día desde que la pesadilla comenzó. Extendió el brazo fuera de la cama. Soñoliento. Sin ganas de hablar con nadie a esas horas de la mañana. Miró el reloj, antes de maldecir el trabajo elegido. Descolgó al cuarto timbre. Pensó en dejarlo sonar y luego escuchar el buzón de voz. ¡Cuántas veces había pensado hacerlo! Nunca lo hacía.

—Si…

—¿Quiere un seguro de vida?

—¡No me jodas! No es hora de vender seguros, coño.

—¿De verdad no quiere un seguro de vida?

—¡que no, carajo!

—Pues debería hacérselo. Nunca se sabe cuando la muerte puede llamar a tu puerta.

—¿Este método de vender seguros es nuevo?— gruñó antes de colgar.

Sonó el teléfono móvil. Numero oculto. Lo cogió.

—¿Está absolutamente seguro de que no quiere el seguro, Marcos?

—¿Quién eres? – Gritó. Se despertó de inmediato. Saltó de la cama y se dirigió a la cocina. Escribiendo cada palabra en una libretilla.

—El Sr. Gransson.

—¿Gransson?

Notó el calor en la cara mientras las llamas iban corriendo por la casa. Salió corriendo, en dirección a la escalera de incendios. No pensó en nada más que en salvarse. Corriendo por su vida. Se detuvo en seco al ver al chico. Estaba sentado en la ventana que daba acceso a la escalera. Era moreno, de ojos verdes y piel absolutamente blanca.

—¿Sigues pensando que no quieres un seguro de vida?

Marcos cogió su arma de la mesa y apunto al joven.

—¿Quién eres? ¿Qué haces en mi casa? ¿Cómo has entrado?

—Soy Gransson. Vengo para encargarte que localices a Margarita. He entrado sin problemas…

—Soy policía, ese es mi trabajo. Y ahora voy a detenerte.

—Sí.

No preguntó. Avanzó hacia Marcos, mientras las llamas comenzaban a abrasar la espalda del policía. Un paso, y otro. Y ya estaban cara a cara. Marcos disparo. Una, dos, tres veces. A bocajarro. Al estomago del joven que se enfrentaba a él. Saltó sobre él, esperando poder hacerlo a un lado y continuar su carrera hacía la salvación. Pero fue como chocar contra un muro. Cayó de espaldas. El fuego prendió su ropa. Rodó hacia la ventana, bajo la escalera. Escuchó el sonido del teléfono. Abrió los ojos. La luz entraba por la ventana y rociaba su piel. El calor había pasado. El teléfono seguía sonando.

—Diga— contestó al fin.

—Anoche asesinaron al marido de la del corazón quemado. Y adivina: está abrasado por dentro.

28 de junio 

Fernández llegó al hospital Virgen de la Luz a las 8 de la mañana del 28 de junio. El día anterior no habían logrado localizarla. Había descolgado todos los teléfonos de su casa y, cuando constató que no sería capaz de dormir, acudió al monasterio de las Hermanas de la Cruz. Se sentó en el coro mientras las hermanas cantaban la Salve. Siempre le habían dejado entrar. Pese a ser un monasterio de clausura, la puerta siembre estaba abierta para ella. Desde que, siendo una niña, su madre llegó buscando refugio para huir de su padre. Ella nació en el convento y fue educada por las hermanas como la hija que nunca podrían tener. Se quedó dormida en seguida. En el duro banco de madera. Por primera vez desde que comenzó aquella locura, no tuvo pesadillas. Se pasó el día durmiendo en una de las pequeñas celdas, la misma que usaba de niña. Cuando se despertó por la mañana, descolgó el teléfono y escucho los 52 mensajes nuevos que saturaban su contestador. Inmediatamente salió hacia el hospital.

Encontró a Malena en la misma sala donde habían hablado con el doctor dos días antes. Romanski estaba con ella. A su lado. En silencio. Mirando el infinito. El niño rubio con rostro de querubín ya no estaba con ellos.

—¿Qué ha pasado?

—El niño…

—¿Dónde está el crío?

—Se lo han llevado. Ayer estuvimos con el padre de Roberto. No sé qué le dijo. No pensé que pudiera hacer ningún mal. Pero desde ese momento el hombre no pudo volver a descansar.

—Ya está descansando –dijo Malena— yo también quisiera estar muerta.

—No digas eso –respondió el hombre.

—Qué más da. Me queda ¿Cuánto? En unos días habré muerto.

—Al final te vas a tener que hacer un seguro…

Todos miraron a Fernández y comenzaron a reír. Por primera vez desde el 14 de junio, volvían a reír. Malena se asustó al principio. ¿Cómo reír en un momento así? Habían muerto, al menos cuatro personas. Y Roberto. En cierta forma el también estaba muerto.

—Bueno, y ¿qué han hecho con el querubín?

—No lo sé. Vinieron unos hombres y se los llevaron. En cierta forma me alegro. Algo me dice que el demonio se esconde tras esos rizos.

—Creo que me voy a casa. Aquí no hago nada. Desde que ese niño infernal habló con Roberto, mi novio no ha vuelto a dar señales de responder al tratamiento. Además, necesito descansar y encontrar a Marga.

Fernández la miró. Notó el cambio producido en la mujer. Ahora se le veía más fuerte. Dispuesta a luchar por su vida.

—Al final, lucharás por no morir.

—No. No te confundas. Lucharé porque no os quiero ver morir. No quiero ver morir a nadie más.

Marcos entró en ese momento en la sala.

—Decidme que esto no es cierto…. – En la mano llevaba una fotografía en blanco y negro.

29 de junio 

Después de todo un día intentado comprobar la veracidad de la foto. Todos se reunieron en casa de Romanski. Malena confirmó que la mujer de la foto era Marga. Habían ampliado la fotografía para ver más detalles. Era una casa de época. Según los expertos, dijo Marcos, por la ropa debía haber sido tomada en 1936. La familia se veía sonriente. El padre, la madre y los dos hijos. Todos reconocieron al pequeño de los hijos. Pese a la antigüedad de la fotografía, quedaba claro que era el querubín. El mayor solo fue reconocido por Marcos.

—Este es Gransson. Se presentó en mi casa. Os juro que pensé que me estaba volviendo loco. Ahora sé que no. No sé en que andamos metido. Pero esto no me gusta.

—A ninguno nos gusta. Pero esa Marga es la solución al enigma. No sé qué papel juega. Siempre pensé que no era más que una víctima de Gransson. Ahora empiezo a pensar que es mucho más que eso.

Fernández la miró. Sí, Malena había cambiado. No había dudas. Ni siquiera tembló cuando sonó el teléfono móvil.

—Ahora no quiero hablar con ningún muerto hijo de puta, gracias.

Romanski levantó la cabeza. Al igual que Marcos. No le gustaba que tratase así a Gransson. Ya habían visto lo que era capaz de hacer. Y no estaba bien enfadarlo. Volvió a sonar el teléfono.

—Te he dicho que no necesito ningún seguro de vida.

Las contraventanas de madera golpearon la pared, mientras el calor comenzaba a extenderse por la habitación. Las luces se apagaron y la habitación torno rojiza desde las llamas del fondo. El hombre quemado caminaba por la sala. Envuelto en llamas, con el joven Gransson a su lado. Las persianas se cerraron de golpe. La sala se llenó de los cristales de las ventanas. Todos se lanzaron al suelo, intentando evitar la lluvia de brillantes reflejos que se expandía por la sala. Y cada cristal reflejaba el fuego del hombre quemado.

—¡Fuera de mi casa, demonio!— gritó Romanski

—No soy el demonio, cura.

La voz sonó más áspera. Más dura. El hombre quemado avanzó hacia el sacerdote. Le tomó del cuello. Le miró a los ojos.

—Pensaba matarte ahora. Pero le prometí a esa puta amiga de mi mujer que morirá el 14 de julio.

—Yo no soy ella, ¡maldito!

—Cierto…

30 de junio 

—¡Déjalo ya!—Malena lloraba de impotencia —¡Te daré lo que quieras! Pero déjalo, por favor…

Malena suplicaba al hombre quemado. Suplicaba que finalizase el sufrimiento de Romanski. El sacerdote estaba colgado de la pared. En cruz. Sus brazos habían sido anclados a la pared por el joven Gransson. Trataba al hombre quemado con referencia. Como a un padre. Como a su padre.

—Me gusta este juego. Es más divertido jugar con el novio de ésta—dijo señalando a Malena con la cabeza— pero esto no está mal.

La pared había comenzado a llenarse de sangre. Chorreando hasta el suelo en regueros, como la lluvia escurriéndose por un ventanal. El hombre quemado se acercaba cada pocos minutos hasta el sacerdote. Le tocaba el rostro. Poco a poco había ido desnudándolo. Las quemaduras allí donde le había pasado la mano iban creciendo cada hora. Romanski gritaba de dolor. Durante horas. Al final, su voz se quebró. Comenzó a llorar. Comenzó a rezar. La inspectora Fernández le acompañó en sus rezos. Malena y Marcos guardaban silencio.

El hombre quemado se acercó a Malena.

—Quiero que me des a mi esposa.

—No sé donde está

—Tienes 14 días para averiguarlo.

—No los quiero.

—Pero yo sí.

Romanski gritó. Le pidió a Dios que se lo llevará. Que no le dejará seguir sufriendo. Pidió morir. Pero la muerte no terminaba de llegar. La sangre manó de las heridas, que comenzaban a abrirse mostrando llamas en su interior. Escupió fuego. Escupió la vida. Las ventanas se abrieron y el cielo mostró su azul cuando el sol entró en la habitación. Fernández creyó en el milagro. El hombre quemado lanzó su antinatural risa al cielo. El sacerdote buscó con la mirada la foto de San José María. La foto comenzó a arder entre los gritos de dolor.

El sacerdote gritó aún más fuerte. Tanto que dolía escucharlo. El joven Gransson se sentó el suelo, frente a él. Mirándolo morir.

El fuego se extendió por la sala ahogando un último grito.

—Hasta el día 14.

Malena, Fernández y Marcos lloraron bajo el crucificado.

5 de julio 

Marcos llevaba varios días dándole vueltas a la cabeza. Cada vez que cerraba los ojos veía al joven Gransson sentado en la ventana de su casa. No había vuelto a casa desde aquel día. Se pasaba las horas en la comisaría y en los archivos. Rebuscando en los archivos cualquier dato sobre Margarita que pudiese encontrar. Y había seguido su rastro en los archivos hasta 1789. Donde aparecía en un testamento.

Su mesa estaba llena de papeles y sus propios compañeros habían empezado a reírse de él. No era capaz de concentrarse. No era capaz de dormir. Cuando se quedaba dormido encima de la mesa, se despertaba entre sudores fríos y gritos. La tarde del 5 de junio le llamó su superior al despacho.

—No puedes seguir así. Vete a casa. Este caso te esta superando.

—Nos supera a todos, jefe.

—Sí, claro que sí. Pero tú estás muy afectado. Tomate unas vacaciones y vuelve en unos días. Y esto es una orden.

Llegó a su casa las siete de la tarde. A las ocho y media sonó el teléfono. Diez minutos después llegaron los primeros miembros de los servicios sanitarios.

Marcos Burgos se había pegado un tiro en la cabeza con su arma reglamentaria.

9 de julio 

Fernández estaba destrozada. Había vuelto al convento sabiendo que sólo allí encontraría paz. La muerte del sacerdote había terminado con su determinación. En ese mismo momento entendió que nada de lo que hiciera podría detener a Gransson. El Hombre Quemado había mostrado su verdadero poder. El suyo y el de las criaturas infernales que le llamaban papá. La muerte les acompañaba en su camino, y el reguero de almas que habían expirado de sus cuerpos parecía incalculable.

Sentada en la pequeña capilla, mirando a los ojos a la Virgen, las lágrimas se derramaban por sus mejillas. Encerró su cabeza entre las manos, llorando amargamente por la muerte próxima. Rezando a Dios para alejar el mal que le acechaba desde el pasado mes. Pidió porque todo terminase. Para que su vida volviese a la normalidad. Era policía. No estaba preparada para enfrentarse con enemigos venidos del más allá. Aquella pesadilla debía terminar. Pensó en Marcos. Él no había podido más y había terminado quitándose la vida. Fernández no estaba dispuesta a terminar así. No acabaría con su vida. No notó la llegada de la madre superiora.

—Hija ¿qué te ocurre?

—Voy a morir, madre.

—Todos morimos algún día.

—Sí, pero yo moriré antes de cinco días.

—Eso no lo puedes asegurar.

—Sí puedo hacerlo.

—¿Por qué dices eso?

—El hombre quemado vendrá por mí.

—¿Quién es ese hombre quemado?

—¿Se acuerda de Romanski?

—Sí.

—El lo mató.

La madre superiora guardó silencio. Miraba a crucifijo que colgaba en la pared, sobre el pequeño sagrario de madera. Los rumores sobre la muerte de Romanski habían corrido entre los religiosos de la ciudad. Un nuevo mártir que había luchado contra los demonios hasta la propia muerte. Miró a Fernández, como una madre mira a su hija.

—¿Qué tienes que ver con eso?

—Estaba allí. Vi lo que pasó…. fue… horrible.

—Por eso has venido.

—Sí.

—Tranquilízate, hija mía, todas rezaremos por ti. El demonio no entrará en esta casa.

—No es el demonio, madre, simplemente es la muerte jugando con los vivos.

—¿Cómo?

—Sí, madre, la muerte –suspiró antes de continuar— pensé que era el mal, no el demonio, no. Creía que era un alma atormentada que buscaba una razón, una oportunidad, para descansar eternamente. Un alma que había visto en Malena la forma de conseguir su paz. Ahora me doy cuenta de que no. Malena no es el objetivo, es el juego. La reina en una partida de ajedrez donde el rey yace postrado en una cama. Y los demás no somos más que peones. Negros contra blancos. Vivos contra muertos. Y nosotros ya estamos muertos. Desde el mismo momento que Malena marcó aquel teléfono y le ofreció un seguro de vida a un muerto. Muertos… así estamos. ¿Verdad Gransson?

La madre superiora abrazó a Fernández mientras el hombre quemado caminaba hacia ellas. Era imposible que aquel ser espectral estuviese allí. No en la casa de Dios.

—Sí— Gransson respondía a la pregunta de Fernández –Ya estáis muertos. Yo soy quien vive.

—No— gritó la madre superiora— eres un demonio, un ser de la muerte. Fuera de la casa de Dios.

—Tu Dios no puede nada contra mí.

La mujer se levantó lentamente, enfrentándose al Hombre Quemado. Sin retirar la mirada de aquel ser que tanto mal había provocado. Fernández se acurrucó sobre el banco, la cabeza entre las manos, sollozando. Una joven novicia gritó desde la puerta de la pequeña capilla. Un grito desgarrador que despertó otros muchos ruidos en los pasillos. Las hermanas se dirigían a defender a su superiora. La gutural risa de Gransson resonó en el abovedado techo de la capilla. La madre superiora dio otro paso en su dirección.

—¿No me tienes miedo?

—No

—¿No tienes miedo a la muerte?

—No

—¿Por qué no?

—Todos hemos de morir algún día.

—Yo no.

—Tú también morirás.

Las hermanas comenzaron a agolparse en torno a la madre superiora. Una risa infantil les hizo girar el rostro hacia el altar. Un niño con rostro angelical parecía haberse desprendido de los querubines que acompañaban a la Virgen. Caminaba tranquilo hacia Fernández, que seguía atrincherada entre los bancos. Gransson alzó su mano contra la Madre Superiora. El infierno se hizo presente en la capilla mientras el crucifijo de plata que colgaba a la derecha del altar comenzaba a arden entre azuladas llamas. La Virgen crujió acompañando el ahogado grito de las monjas. Las vigas del techo rugieron ante las llamaradas que comenzaban a extenderse por el edificio. El calor sofocante se unió al miedo de las hermanas. Gritos que se fueron agotando ante los aterrados ojos de Fernández.

—¡NO!— Gritó— ¡DEJARLAS EN PA…!

El techo cayó sobre las hermanas, mientras la Virgen lloraba lágrimas de barniz y color. Fernández miró el Crucifijo una última vez. No le dio tiempo a preguntar por qué. Las llamas le alcanzaron justo cuando la madre superiora la abrazaba en la muerte.

14 de julio. El regalo

Malena estaba en casa. Sabía que ese día no recibiría llamada alguna. Estaba sentada en la cama de su casa. Tranquila, como si nada hubiese pasado en el último mes. Tenía puesto un traje de chaqueta negro. Demasiado arreglada para un día normal. Pero no era un día más. Hoy era el día de su muerte. Se miró en el espejo. Le gustó lo que vio. Su propia figura reflejada en él. La operadora del Ocaso a punto de morir. Eran las 6 de la mañana, le quedaban algo más de seis horas de vida. Y en ese tiempo tan solo quería una cosa. Saber. Saber por qué Gransson la quería a ella. Y saber qué tenía que ver Marga en todo esto.

Se acercó al salón. Se sentó en el sofá y se quedó adormilada durante un par de horas. Cuando despertó Marga estaba sentada frente a ella.

—¿Por qué, Marga?

—Porque tienes algo que yo quiero.

—No sé qué puedes querer de mí.

—Algo que yo no podré tener jamás.

—Y tanto vale eso como para acabar con la vida de tantos.

—Sí

Malena la miró. Observando tranquilamente como Gransson y sus hijos comenzaban a aparecer en la sala. Miró su reloj. 10.45. Aún quedaba una hora y media para la muerte. Observó como la familia se reunía en el salón de la casa. Notó el calor que desprendían. No preguntó por lo ocurrido en el convento. No necesitaba hacerlo para saber que habían sido ellos los culpables del incendio y la muerte de toda la congregación. “Y de Fernández” pensó “A ella también la matasteis”.

—Sigo sin entenderlo. Tenéis la vida eterna. Sin embargo, quieres algo que yo tengo.

—Quiero darte algo que yo jamás podré tener.

—¿Y por qué a mí?

—Eres una buena mujer.

—Marga, te consideraba mi amiga.

—Lo soy.

—Pero….

—No quiero que veas lo que está por venir.

—…

—La muerte paseará por las calles de este mundo.

—Este mes ya ha caminado por ellas.

—No. Yo soy la salvación.

—¿Y ellos?

—Ellos son quienes yo quiero que sean.

—Negarás que has matado.

—No a ti.

—Aún.

—Aún no.

Las dos mujeres se miraron. Una sonrisa surgió del rostro de Marga mientras caminaba hacia Malena. Se acercó para susurrarle al oído. Palabras cálidas, que hablaban de paz. De tranquilidad. Malena la miró y comprendió.

—Quieres darme lo que tú no podrás tener jamás.

—Así es.

—Quieres darme la muerte.

—Así es.

—¿Ese es tu regalo?

—Ese es mi regalo de amiga.

Malena sonrió a Marga. Se levantó y caminó lentamente hacía Gransson. El Hombre Quemado le recibió con los brazos abiertos mientras sus hijos protestaban. No estaban de acuerdo con aquel final. No querían aquello. Deseaban más muertes. Deseaban más sangre. Con ellos la muerte caminaría por la tierra. Malena notó el calor de la muerte rodeando su cuerpo. Y sintió frío. Subiéndole desde los pies. Vio a Marga sonreír. La blanca sonrisa de la muerte. Vio al Querubín acercarse a su madre. Justo antes de cerrar los ojos eternamente escuchó el grito de su amiga. Y supo que, al final, Marga había logrado lo que ansiaba. Abrió los ojos. La sala estaba vacía. No quedaba rastro de nadie ni de nada. Se levantó. Pensándose libre de la muerte que le había abrazado. Miró el reloj. 12.30. Sonrió. Caminó hacia la cocina. Llamaron a la puerta. Miró por la mirilla antes de abrir. Roberto la besó antes de empujarla hasta el sofá. Ella le miró y le besó. Dudó. Notó como el frío metal cruzó su garganta. Notó la sangre antes de caer junto al reloj. Eran las 12.36 del 14 de julio.

Roberto se lanzó por la ventana.

Publicado por Javi Fornell

Historiador y novelista. Amante de las letras y de los libros. Bibliotecario por vocación. Redactor en Toppercan

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