El legado del rey Martin II

Sicilia 1409

La penumbra era habitual en aquel pequeño espacio iluminado por un único candil sobre la mesa. El rey, como tantas veces antes, acudía solo, buscaba entre los estantes alguna obra y se iba musitando las primeras frases del texto. Y aquel día no varió su rutina. Vestido solo con una camisola de seda parecía exultante por su hallazgo. Una versión del Liber de Regno Sicilie en el que Hugo Falcando se mostraba más que crítico con el reinado de Guillermo I. Había oído hablar con anterioridad del rey malo, como le apodaron en su tiempo, y su madre, doña Leonor, le había inculcado en multitud de ocasiones que no se pareciese a su predecesor y le había leído aquellas crónicas en miles de ocasiones.

Dos siglos habían pasado desde la muerte de Guillermo el malo, pero las enseñanzas de Falcando era realmente útiles para el nuevo monarca. A la muerte de su hijo, un año antes, el joven Martin se había visto obligado a abandonar Barcelona y marchar hasta la península ligur. No le hacía gracia aquel destino, pero conocía su deber: aceptar el designio divino y recibir la herencia de su linaje. Para ello, era necesario que marchase a Sicilia y se sentase en el trono que antes ocupase su propio hijo.

—Cuan curiosa es la vida —decía para sí mientras caminaba por los pasillos del palacio—. ¿Quién iba a decirme que la corona de mi hijo terminaría en mi propia testa y que yo sobreviviría a mi prole?

—Dios desea que vuestro reinado sea largo y provechoso —el abad de Poblet, que le había acompañado en aquel viaje, respondió a la pregunta retórica del rey. Estaba sentado en un viejo cascabel, que parecía a punto de romperse bajo sus peso. Dalmau de Cervelló no era proclive a abandonar el monasterio, pero la muerte de Martin I de Sicilia, hijo de su interlocutor y la vejez del longevo rey, le habían empujado a acompañar al monarca al que podría ser su último viaje—. Mi señor, ¿no os cansáis de las lecturas? Sería mejor que guardaseis reposo, pues pronto hemos de embarcarnos de nuevo a Barcelona.

—Mi buen amigo Dalmau, vos lo que deseáis es regresar a vuestro claustro y vuestro silencio. Pero sois buen consejero y debéis conocer algunos detalles transcendentales. Sé que la muerte me ronda. Mis hijos y mis esposas ya yacen bajo tierra santa y poco debe de quedarme a mí para acompañarlos. Noto ya el pasar de los años, mi buen amigo, y el cansancio de la soledad. ¿Qué desea el Padre de mi persona?

Se dejó caer sobre un mullido sillón, y con un gesto ordenó que se encendieran las luces del salón. Dalmau, que le había acompañado por el pasillo hasta aquel lugar, se sentó frente a él.

—Mi rey, contadme pues que son esas cosas que debo saber.

—Necesito confesión y en ella os haré jurar que solo contaréis esta verdad a mi heredero en el trono de Aragón. Y solo a él. Nadie más debe saber las razones que me llevaron hasta Poblet; nadie debe conocer lo que allí se esconde.

El abad se movió incómodo ante aquellas palabras ¿podría haber algo en su convento que él no conociese? ¿Qué era aquello que el rey deseaba con tanto fervor contadle y, a la vez, ocultarle?

—Fue el conde Ramón, esposo de Petronila, quien ordenó levantar el convento en Vimbordí y para ello solicitó ayuda a los monjes de Fontfroide —el abad asintió conocía perfectamente la fundación del convento en 1149 y el desarrollo del mismo durante los siglos posteriores—. El conde no los hizo llamar sin más: debían defender la fe ante las herejías que comenzaban a crecer en el norte de su territorio. Desde el reino Franco venía ideas nuevas que atentaban contra la Iglesia de Roma. Y el conde de Barcelona sabía que la entrada de las mismas podría conllevar la perdida de muchas vidas y muchas tierras. Castilla combatía contra Granada, Aragón contra el turco, Zaragoza acababa de caer en manos de Alfonso el Batallador. La cristiandad debía ser fuerte y el poder del Sumo Padre no debía ser puesto en duda. Y con los frailes llegó…

Un ruido se extendió por el palacio, como si el cielo hubiera roto sus costuras y el velo hubiera caído, como decía los textos que había ocurrido al morir Cristo redentor en la Cruz. El abad se santiguó, el rey miró a la cúpula abovedada de la sala, temiendo que las piedras cayeran sobre sus cabezas.

—No debemos hablar de aquello, no ahora. Antes debéis escuchadme en confesión.

El rey se levantó torpemente hasta arrodillarse frente a su confesor.

Publicado por Javi Fornell

Historiador y novelista. Amante de las letras y de los libros. Guía turístico en la provincia de Cádiz y editor en Kaizen Editores

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