El legado del rey Martin

Lento y cabizbajo, el joven fraile paseaba entre el sinfín de turistas que curioseaban en el claustro del convento. Algunos saludaban al hombre, que con el hábito del cister, se dirigía a la iglesia de Santa María sin tan siquiera levantar el rostro para devolver educadamente el gesto. Se adentró por la pequeña puerta lateral, pasó bajo las tumbas de los reyes y avanzó pausado hasta la vieja aguabenditera, partida por el devenir de los tiempos.

Se detuvo a observarla, seguramente fuese durante la guerra civil cuando algún soldado republicano partiese la bella pila de alabastro, que ahora le miraba como un si de un rostro demoniaco, con la boca abierta, se tratase. Y él también le observó. Se santiguó antes de atravesar la cinta que impedía el paso de los curiosos a la sacristía y se sentó en uno de los solitarios bancos. Agachó la cabeza apoyándola sobre sus manos y dejó que sus pensamientos se evadiesen. En dos ocasiones salió de su abstracción para observar la sala y alzar la vista a la cúpula que se abría sobre él.

—Hermano, nos vamos —la voz llegaba desde la iglesia, uno de los guardias que custodiaba el monasterio—. Ya no queda nadie dentro, así que cerramos. ¿Tiene usted las llaves del convento?

Respondió con un leve movimiento de cabeza, sin volverla. Ni el guardia ni nadie se preocupó un día como aquel de que un fraile se quedase rezando en la capilla. No, al menos, con el ajetreo que había acarreado la muerte del abad aquella misma noche.

Cuando los pasos se alejaron por el pasillo, el fraile se levantó y se dirigió a la pila. Se detuvo frente a ella, observando cada fragmento partido de la misma. El rostro desfigurado del ángel, la fecha de mil setecientos y algo y la boca negra como boca de lobo. Miró una última vez hacia la puerta e introdujo la mano en el orificio. No tardó en encontrar lo que buscaba, al fondo, anclado en un lateral, una pequeña palanca se movió y con un crujido, que sonó como un terremoto en el silencio de la noche, saltó el resorte.

El fraile sacó la mano y con la luz del móvil encendida se encaminó hasta la tumba de Martin el Humano. La observó con detenimiento: los ángeles recostados sobre el cuerpo del rey aragonés, el león a sus pies y la procesión del cister acompañando al féretro del monarca. Se movió a un lado y a otro, buscando algo, un resquicio que le permitiese abrir la tumba regia. Palpó cada línea, cada grabado, hasta que finalmente apretó uno de los escudos que cerraban la procesión y la tumba se movió, como si el cuerpo que un día estuvo en su interior desease levantarse.

Empujó con fuerza el mismo escudo, gruñendo por el esfuerzo, hasta que se abrió un hueco del tamaño de su puño. Lo iluminó con la linterna de móvil, dudando del siguiente paso a dar, pero solo logró vislumbrar una pequeña nube del polvo que se había levantado al activar el resorte. Con un suspiro, introdujo la mano en la apertura y palpó, sabiendo que ningún hueso se guardaba en aquella tumba tanto tiempo atrás espoliada. Le daba igual, sabía que lo que quería estaría entre el polvo del sepulcro. Fue palpando el interior hasta que, por fin, tocó lo que buscaba. Lo extrajo con cuidado, tenía miedo de que la bolsita que lo guardaba se deshiciera por el paso del tiempo, pero no ocurrió nada.

Cuando por fin lo tuvo fuera, abrió la bolsa con precaución y observó el interior: allí estaba todo lo que necesitaba para empezar la verdadera búsqueda. Así que nada le quedaba por hacer en el convento. Guardó con esmero la bolsa en una pequeña riñonera y la acomodó dentro del hábito y se dispuso a marcharse. La ilusión por el hallazgo le impidió ver la sombra que se movió ágil entre las columnas.

Publicado por Javi Fornell

Historiador y novelista. Amante de las letras y de los libros. Guía turístico en la provincia de Cádiz y editor en Kaizen Editores

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