Un hombre menudo, de ojos vivos y rápidos, entró por la puerta hacia la que se dirigía. Miguel lo observó y comprendió que había sido él quien había ido con la historia a Magnus. No se detuvo a pensar: sacó su arma y disparó a bocajarro. El hombre cayó a sus pies. Mientras la sangre comenzaba a mancharle los zapatos, Miguel dirigió la mirada hacía la ventana.
—No creas nada de lo que te digan de mí, Magnus, sé que crees que soy un animal despiadado, y que piensas que no tengo suficientes luces para hacer otra cosa que no sea matar. Puede que así sea. La sangre y la muerte forman parte de mi vida desde hace mucho tiempo. Pero no te confundas: soy más que eso —Avanzó hacia la puerta, pasando sobre el chivato y, con el pomo en la mano, justo antes de salir, volvió a hablar—. Protegeré a Ariel con mi vida pues así lo hemos acordado. Tú cumple tu parte y págame, yo me encargaré de mantener con vida a tu hija. Pero mis métodos son los que son. Si creo que la niña debe quedarse en mi casa en algún momento, o cada noche, será decisión mía y tú no podrás hacer nada. ¿Ha quedado claro?
Abrió la puerta y salió a la calle con una sonrisa, sabía que el silencio de Magnus significaba que aceptaba las condiciones. Sacó el teléfono y envío un mensaje
“Esta noche dormirás en mi casa. Te recojo”
Cuando llegó a por ella, Ariel estaba ya en la puerta del colegio. Miguel la miraba desde lejos, sin acercarse más de lo debido. Debía actuar como un escolta y no mostrarse impaciente por abrazarla. Observaba el entorno del edificio. El jardín que daba entrada al colegio tenía unos altos árboles en los muros que lo protegían. Las alumnas vestían todas uniforme, pero él solo pensaba en quitarle la falda a Ariel. Se movió nervioso en el asiento del coche mientras ella jugueteaba con el pelo. Arrancó el motor cuando vio que la chica se despedía de sus amigos y condujo despacio hacia ella.
La moto entró en la calle a gran velocidad. Miguel aceleró el vehículo por instinto, pero no fue suficientemente rápido. El motorista se lanzó sobre Ariel mientras Miguel sacaba el arma por la ventana. Disparó a las ruedas, pero la moto continuó su veloz carrera hasta la niña, que se lanzó al suelo, ocultándose tras el muro. Miguel salió del coche, disparando mientras corría hasta ella. El motorista giró en redondo y volvió en su dirección. Miguel volvió a disparar mientras se lanzaba sobre Ariel. Notó como el metal entraba en su pierna y gritó sin querer. Disparó nuevamente mientras un par de gorilas de Magnus aparecieron desde la parte trasera del colegio. Miguel se arrastró tras el muro, apoyado en Ariel que no dejaba de llorar.
—Maldita sea, mi niña, creo que esta noche no podremos disfrutar —intentó reír, y al hacerlo notó que el pecho le dolía.
Se apretó la herida con la mano izquierda, mientras que la derecha la hundió en el sedoso cabello de la chica mientras las balas pasaban junto a él. Los gritos de los estudiantes cubrieron el estruendo de la moto al chocar contra su coche. Notó como la cabeza le palpitaba, bombeando la sangre que debía llegar a su cerebro. Apoyó la cabeza sobre el pecho de Ariel y dejó que su olor le impregnara. Se sintió morir mientras el cielo se oscurecía. El corazón de Ariel se aceleró mientras sus manos recorrían el cuerpo de Miguel. La escuchaba gritar, pidiendo ayuda. Pero sus gritos fueron silenciándose lentamente. Dejó de sentirla bajo él. Como si alguien la hubiera arrancado de sus brazos. La buscó a tientas. No le respondieron los brazos. Su cuerpo se negaba a seguirle.
La llamó, pero la voz se negó a volar hasta ella. Abrió los ojos, con esfuerzo. Sintiendo todo el daño provocado por el balazo en el pecho. Vio como Ariel era arrastrada por uno de los hombres de Magnus hasta el edificio. Estiraba los brazos. Pataleaba y lloraba intentando volver a su lado. Miguel se levantó lentamente, apoyándose en el muro. Ella pareció tranquilizarse y se dejó llevar al interior. Él la siguió con la mirada hasta que se perdió en el interior del colegió. Suspiró dos veces antes de arrastrarse hasta la calle. Las fuerzas parecían volver lentamente a él, mientras la ira se acumulaba en su pecho para expulsar el dolor. Dio dos pasos antes de caer derrotado sobre el suelo. Notó el cálido reguero de la sangre que se escapaba por su pecho y sonrió para sí mismo.
Creía haber vuelto de la muerte, pero la Señora acababa de alcanzarlo.