Niños que ya no lo son

En estos días, los niños se llenan de ilusión ante la llegada de los Reyes Magos. Ilusión que viene cargada de juguetes y regalos que, más allá del exceso de consumismo en el que solemos caer, no debe perderse. Al fin y al cabo, la ilusión de los niños y su sonrisa no tiene precio alguno, pero sí tiene fecha de caducidad. Aunque, lamentablemente, en algunos lugares del mundo, son muchos los niños que no sonreirán porque perdieron la ilusión hace demasiado tiempo, siendo demasiado niños, y en condiciones demasiado duras.

Pero también en este primer mundo nos sumergimos en una crisis cada vez más profunda. Un mundo en el que los niños se convierten en adultos casi sin querer. O, lo que es peor, queriendo. Nuestros niños han crecido más rápido de lo que debieran al calor de las redes sociales, viendo videos de TikTok cuando debían estar alucinando con los colores de Pepa Pig.

Yo no soy muy mayor, pero ya empiezo a tener esa edad en la que puedo decir “en mi tiempo…” y, en mi tiempo, los niños éramos niños. Niños que jugábamos en la calle, con amigos y con juguetes. Ahora, niños con la misma edad que nosotros teníamos ya no quieren juguetes, piden teléfonos móviles, consolas, ordenadores, televisores… Pero ya no juguetes. De hecho, si se han fijado un poco, los anuncios de juguetes han desaparecido de nuestras televisiones en estas Navidades y los regalos se han centrado en los adultos.

Y es que la sociedad actual les hace crecer más rápido de la cuenta. En un mundo cargado de comodidades, es la propia sociedad la que les obliga a avanzar. Nosotros, con 13 años, jugábamos con los amigos, tirados en el suelo de la calle, con chapas, al futbol, al escondite. Ahora muchos de nuestros niños juegan a ser adultos y se esconden con sus novios a practicar juegos más peligrosos.

En mi tiempo, con 15 años, ninguno pensaba en irse a la calle a beber hasta caer redondo a las tantas de la madrugada, y hoy no es raro ver a niños de 14 años borrachos los fines de semana. Quizá yo tuve suerte y crecí en un entorno algo especial; quizá mis padres se preocuparon de mí más de lo que otros padres lo hacen hoy de sus hijos. No lo sé.

Realmente no creo que sea una sola causa la que provoca que la infancia se haya acortado y la adolescencia haya desaparecido para crear adultos precoces. Pero sí hay algo que sé: la crisis que atenaza a nuestra sociedad, y que va mucho más allá de lo económico, es más profunda de lo que pensamos. La caída de valores morales, la baja formación cultural y profesional, a las generaciones de ni-ni se unen la época woke y las generaciones de cristal, esas que desconocen el fracaso escolar, pero que difícilmente se salvaran del fracaso social.

Y aún no estamos más que en el inicio, lo peor está por llegar. Y cuándo llegue cabe preguntarse qué pasará con nuestros niños de hoy, ya convertidos en adultos, en una sociedad que no podrá permitirse el lujo de reírle las gracias. Esperemos que pronto las cosas cambien, que los niños del futuro mantengan viva la ilusión en la llegada de los Reyes y que, sobre todo, cuidemos a todos esos niños que aún siguen siéndolo.

En este día de ilusión para los peques, y pese a todo lo dicho, yo sigo manteniendo viva la ilusión. La mía propia que va dirigida a una familia y una pareja que es el mejor regalo que Dios me dio; pero también en un sociedad que, a las malas (como en la Dana valenciana), demostró estar a la altura. Quizá todo se trate de ciclos y pronto llegue una nueva sociedad en la que cada generación vuelva a la época que le corresponde por edad y sentimiento. Donde los niños sean niños y no adultos, y en la que los adultos sean adultos y no se comporten como niños.

Publicado por Javi Fornell

Historiador y novelista. Amante de las letras y de los libros. Guía turístico en la provincia de Cádiz y editor en Kaizen Editores

Deja un comentario