Acantilado Rojo nos transporta a una época excesivamente desconocida para los occidentales: el siglo III d.c en China. La película, basada en la novela El Romance de los Tres Reinos, narra la batalla más famosa de la historia china en la que el primer ministro Cao Cao se enfrena a las tropas de Liu Bei y Sun Quan con la intención de unir los tres reinos en los que se divida China bajo su bando -apoyado en un emperador títere en sus manos-.No se puede dudar del impacto de visual de las películas de Woo. Pero el corte realizado por la distribuidora española hace perder a la obra parte de su espíritu original, amén de provocar no pocos saltos temporales que dejan al espectador con una leve sonrisa en los labios. Impresionante, por ejemplo, la asombrosa recuperación de Cao Cao tras la ceremonia del te con Xiao Qiao. Y es que en la distribución occidental no se ha tenido en cuenta que la gran riqueza del cine oriental se encuentra en sus diálogos, en sus historias pausadas, en sus primeros planos, en la recreación de la naturaleza. ¿Que hubiera pasado si en Ran -Akiro Kurosava- hubieran cortado sus silencios? Estaríamos ante otra película. Algo parecido debe ocurrir con Acantilado Rojo. Nos han dejado una gran película de acción y aventura, de guerra “medieval” con tintes legendarios. Pero han destrozado la historia.
Pese a todo, merece la pena verla, aunque sólo sea por encontrarnos ante un rara avis: una película comercial, una superproducción cargada de extras y efectos especiales, un director curtido en Hollywood, pero que, como ya pasara con La casa de las dagas voladoras, rompe la barrera de Oriente para acercar a Occidente parte de esa rica cultura e historia. Y, además, disfrutaran como enanos en cada lucha, en cada pelea, en cada escena y sobre todo con “superchino” (tendrán que descubrir quién es, no soy capaz de repetir su nombre). Yo, por mi parte, esperare ansioso la versión extendida